El Bohío Caraqueño

Alika

Jhonny López 2 min de lectura
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Alika Makiba siempre abría sus ojos a las dos de la alborada, acostada sobre un montón de hierba seca recibía a través de los barrotes de su jaula, la visita de un conjunto de entusiastas luciérnagas que danzaban en una magistral coreografía. Esto la hacía pensar en Cabo Oriental, terruño cálido y amarillento con aquellas flores del aromo, tostadas y vellosas como la piel erizada de su parentela.

Se aferraba a los recuerdos de sus primeros siete años de vida, el rostro de su madre, el canturreo de su voz, a su último aliento de vida. Cuando quedó huérfana y desamparada, la rapiña le afincó las garras sometiéndola a fuerza de grillos y garrote hasta doblegarle el pellejo y el alma, lo demás fue fácil, bastaron unas cuantas máculas de látigo para vestirle de esclava al servicio de unos ruines granjeros. Al cabo de unos años, un forastero la compró por su gran trasero, la trasladaron a Londres para ser exhibida todos los fines de semana como un fenómeno circense. Durante el espectáculo, un domador de fieras le ordenaba desfilar desnuda sobre el escenario. Incluso, si algún curioso pagaba unos chelines de más podía manosear sin pudor su torso de ébano.

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Sara Baartman, foto tomada de Wikipedia

Alika era una mujer con una extraordinaria sensibilidad, compartía desgracias y abrazos con otros cautivos, pero sus más cercanos eran unos samoanos siameses, una berebere barbuda y un niño amazónico no mayor de cinco años, el cual fallecería a los siete meses después de haber sido encerrado. A pesar de que era considerada por los hombres blancos como un animal primitivo, aprendió a jugar ajedrez con destreza, hablaba con fluidez el inglés, francés y neerlandés. Por esas razones, llamó la atención de algunos científicos quienes la describieron como un ser inteligente y de excelente memoria.

Debido a las protestas de militantes a favor de los derechos humanos y a la presión de cierta prensa escrita, muchos de estos espacios para la degradación y la ignominia fueron clausurados. Alika Makiba fue vendida otra vez, siendo forzada a prostituirse pero en esta oportunidad, no pudo resistir el abuso de su cuerpo. Sola, enferma y alcohólica cruzó la línea del no retorno para fallecer en una callejuela a los veintidós años. Pero el abuso continuó después de muerta, porque al día siguiente la comunidad científica se apropió de su cadáver trasladándolo al museo del hombre en París.

Sus restos fueron expuesto por más de ciento cincuenta años, hasta que finalmente en el 2015 después de arduas peticiones fue devuelta y sepultada en el Cabo Oriental, esa tarde hubo una explosión de alegría en toda el África mía, bailaron los leones, los rinocerontes, las cebras…

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Todos se emborracharon y al llegar la noche cuando todos dormían, millones de luciérnagas danzaban en una coreografía magistral emitiendo un dulce sonido entre la risa y el llanto.

Música:
Kokiro, Ayub Ogada
Salya, Touré Kunda

No dejéis de aprender un poquito más sobre Sara Baartman, homenajeada en este texto.
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