Lana de Voz

Ángeles caídos

Enrique Pérez Arco 8 min de lectura
Ángeles caídos
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Ángeles caídos

“Mona Achache, directora de cine, aborda en su película documental Little girl blue el contradictorio legado de las mujeres de su propia familia. Y rompe un silencio... el de su madre, el de su abuela… demasiado complaciente con el abuso sexual. Conocidos intelectuales de la Francia de la posguerra del siglo pasado, y algún destacado intelectual español, estuvieron involucrados.”

Esto lo escribí hace justo un año, después de ver esa película. Pero lo aparqué entonces sin traerlo a esta gaRceta. ¿Porqué? Quizás realmente no escribimos, sino que somos escritos. Lo recupero hoy después de ver La sombra de las cuerdas, un documental sobre el Niño Miguel, el guitarrista, el genio, el ángel herido, que había recorrido como nadie las profundidades expresivas de la guitarra, pero que terminó tocando por las calles de Huelva a cambio de algunas monedas.

Sí, ciertamente la heroína, como decían unos y otros por allí, pero antes fue la esquizofrenia.

Entrelazo manifestaciones muy dispares del arte sin ningún motivo aparente. Lo hago bajo la atenta mirada de Nicolás, posada aún en el círculo que forma la luz contra el hielo. Suspendida todavía la luz de su mirada, una luminosa mirada azul, en la esquina helada de la garganta. Toda la memoria se nos heló a los amigos una aciaga tarde del 16 de diciembre de 2008 a las 19 h. Yo estaba cerca de aquella esquina cuando recibí la llamada de Andrés. Algo conté hace quince días en el anterior post. Pero ahora se trata de cerrar cuentas con la luz. La luz azul de su mirada. ¿Qué destello? ¿Qué profundidad? ¿Qué pozo es capaz de contener tanta luz?

La madre de Mona, Carole Achache, también se suicidó en 2016. Mona, su hija, buscará en las imágenes una explicación para lo incomprensible. Como un artificio de cine dentro del cine, la actriz que va a representar a la madre llega a la que fue casa de la madre. Las habitaciones están marcadas por la ausencia. La casa está vacía. Se acaba de mostrar una excesiva cantidad de imágenes de la madre, pero todas están vacías de vida, congeladas,

...como hielo en la esquina del mundo,

como las habitaciones, como las paredes de la casa sobre las que la hija ha ido clavando el vacío de cada imagen.

Como la tarde del 16 de diciembre. Vacía. Como las manos del Niño Miguel. El escritor Manuel Garrido Palacios cuenta cómo una vez le preguntó al guitarrista: “¿Miguel la vida qué es? Y el Niño Miguel le mostró sus manos vacías y le dijo: “esto”

La hija, la directora de cine, Mona Achache, saca de los cajones del escritorio lentamente, muy lentamente el atrezzo de su madre... tejanos, peluca, anillos, lentillas marrones, aquel collar que llevaba siempre, incluso el perfume que utilizaba... todo lo que ella misma había guardado allí con mimo y delicadeza. Los detalles más significativos de su memoria sensorial. Marion Cotillard, la actriz, lentamente, muy lentamente delante nuestra mirada queda investida con el color, el olor, los sonidos… que la hija guardaba en su memoria, herida tan recientemente por una ausencia dolorosa e incomprensible.

Marion Cotillard, con una magistral actuación, a la vez que representa a la madre hace emerger su ausencia. Lo que las imágenes muestran no es una representación, sino la manera en que la representación se está haciendo. No se filma una película, se filma cómo se está haciendo la película. Hay instrucciones de la directora. Hay ensayos, hay dudas de la actriz. Se confunde la realidad con la ficción. Se filma la trampa. Se filma la brecha abriéndose entre la presencia de la actriz, y la ausencia de la madre.

Se filman las manos vacías del niño Miguel. El pozo negro desde donde algunas veces suena la guitarra. Presencia en la ausencia. Se filma la luz estrellándose contra el hielo en la esquina de la calle Holanda.

De tal manera que la mirada del espectador se ve absorbida por la mirada de la hija que se va haciendo película a sí misma, y en el trayecto que va del papel de directora al de hija va reconstruyendo, levantando la luz de su memoria devastada ante nuestros propios ojos.

Pudiera ocurrir durante un instante, el momento en que no quede nadie en la mirada, ni siquiera el espectador, ni siquiera nosotros, suspendidos en una extraña esquina del mundo: así funciona la ficción, así el poema, cuando la luz azul de unos ojos se encuentra con el hielo de una garganta, que no sabe, que no puede decir mucho. Porque en realidad no hay nada que decir, porque en realidad no hay nadie, solo mirada, mirada azul.

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¿Pero quién puede comprender, asumir eso, qué lenguaje sostiene la profundidad vacía?

-A mí es que no me gusta mucho hablar, dice el Niño Miguel en el documental. Y era cierto. Hablaba poco, era tímido y callado, y también muy directo: Una vez le preguntaron en una entrevista para promocionar uno de sus discos:

- Y a ti, además de tocar la guitarra, ¿que te gusta?

El contestó: el chicle y los futbolines. Y eso también era su verdad.

Un manera de mirar así, con la atención absorbida por el pozo de la guitarra, queda aligerada de la consciencia, de la consistencia de un yo que esté mirando… calculando o indagando un beneficio propio, o cualquier expectativa en las que habitualmente nos enredamos los demás, llenos de estrategias o de esperanza, y en esa ausencia o debilidad del ser algo, algo consistente, brota a veces el destello de una presencia… en la guitarra, en el arte, el cine y el poema. Es justo esa luz azul que la mirada estrella contra el hielo de la esquina de la calle Holanda.

Entre todas las brozas de una biografía, con sus contradicciones, con todas sus risas y brillos, pero también sus torpezas, emerge en la trampa del cine, el amor de una madre que estuvo muchas veces ausente en vida.

Aquella madre, Carole, tuvo también su madre, Monique Lange, escritora, guionista, musa y compañera de escritores como Jean Genet y Juan Goytisolo. Carole estuvo durante su infancia rodeada por demasiados adultos “estupendos”. Maduró demasiado pronto y con demasiada presencia masculina. En medio de un fasto intelectual deslumbrante ella fue alguien que se sometía. A veces era consciente de ello, pero no siempre. La misma Carole escribió: “A menudo todo lo que he vivido me atormenta”. Era en realidad una víctima y trazó a su vez distancia. La huella de abandono que dejó en su propia hija, no era otra cosa que su propia herida interior, recibida, transmitida de madre a hija.

¿Por qué caminas siempre sin abrir los ojos? 

Le dice el adolescente Nicolás a su madre en un poema. ¿Será el cine? ¿Será el poema? Es el pozo. Pero desde el pozo emerge como rasgueo de guitarra, la comprensión de las dificultades que Carole o cualquier madre, tuvo para expresar y cuidar el amor. Esa comprensión es la que Mona Achache toca con su cine. El arte es tocado por el corazón, el pozo es rasgado por las manos vacías del niño Miguel. Ya lo había dicho él mismo cuando le preguntaron ¿qué es la vida? Y entonces mostró sus manos vacías. Vacías, sí, pero desde ese vacío, desde esa sombra, brota el baile de los dedos sobre las cuerdas, brotaba con una profundidad expresiva igualada por pocos. Esa danza, esa luz, eso es la vida. Se trata de lo que antes de las palabras, antes de las imágenes, antes incluso de la biografía… ya estaba allí. El arte sirve para tocar ese lugar intacto, nuestro. De Monique. De Carole. De Mona. Del niño Miguel. De Nicolás. Lugar intacto nuestro, de cada uno.

Pero no lo vemos, enredados como estamos en el lenguaje, en las razones del beneficio, o de una expectativa estructurada por la lengua, la familia y el país.... A la lengua venimos. A la lengua nacemos. Lengua que oculta la luz.

Si somos palabra a mi que me arranquen la lengua” dice Nicolás en un poema central de su libro.

Hay ángeles caídos incapaces para la estructura, para la expectativa, o el beneficio. Su mirada azul brota desde un pozo de silencio, que no es otra cosa que caída, y derrota. Sólo desde lo caído brota el ángel, como la guitarra brota desde el pozo vacío de las manos, hacia un más allá. Hacia un más allá, que es en realidad un antes, un adentro.

Más allá

Si somos palabra, a mí que me arranquen la lengua.

No quiero ser más que esto que escucho,

tan sólo esto.

Aquella otra voz que confundo o mezclo

con la sonrisa de quien no conozco aún

pero me abraza dulcemente,

sé que algún día ocurrirá,

entonces será cierto que no hay palabra,

se hará el silencio, olvidado en horas, en días de ruido,

para al fin nombrarnos sin ellas: dentro.

Entonces, como digo,

ya no seremos nunca más los de antes,

¿quién lo querría?

Si somos palabra, a mí que me arranquen

de la boca de los necios,

¡ni siquiera mi nombre en sus bocas!

No deseo nada

del uso de poder, que pisa y

rompe el cristal de la copa,

ese instante que huye para que

lo recordemos aún más allá de lo que somos: nada.

Nada, concluye Nicolás, pero la luminosidad de sus ojos azules contra el hielo de nuestras gargantas atrapadas por la lengua aún lo desmiente en una esquina de la calle Holanda.

Agradezco con alegría y mucho cariño al actor JUAN PEDRO SCHWARTZ su preciosa colaboración en la lectura del texto. No supe reducir su extensión, y hemos tratado de agilizar el ritmo entrelazando nuestras voces.

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