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Atrapados

Enrique Pérez Arco 4 min de lectura
Atrapados
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Atrapados

Atrapados en el relato. Prolifera la inteligencia. Escindida del cuerpo. Funciona sola, sin ningún centro humano de decisiones. Simplemente ocurre el rendimiento. Y el rumbo productivo crece imperturbable, conducido por un cauce lógico de cálculo. Atrapados en el relato. Individuo tras individuo, la vida embebe mientras se enreda. La mente, la maraña, el relato. Podría ser la construcción del sujeto, y podríamos mirar acaso cómo se introduce a la infancia en un lenguaje y en una gramática de defensa propia y de crueldad, pero me derramaría por todos los costados, porque está lleno de agujeros un cuerpo que escribe. Está lleno de agujeros un cuerpo que intenta regresar con las palabras a su materia, física y biológica. Anterior a la edad de la razón y anterior al argumento. Está lleno de agujeros el poema, y frente a la argumentación pierde, sabe que pierde, y se calla, y se retira. Agujereado.

Es imposible salir indemne frente a la agilidad de una mente desconectada de la sensibilidad, es imposible hacer frente a la lógica imperturbable del beneficio. No discutir. No argumentar. Atrapados en el relato. El diálogo sumido, absorbido. Al amanecer todavía pesa sobre las almohadas un espesor de violencia. El sonido truena aún. La destrucción cae en tromba por las arterias. Acumulado, sostenido estupor. Un puño cerrado y una palabra sin decir, una palabra que nunca ya va a ser pronunciada. Ayudadme.

Lo realmente duro es ceder con humildad ante la dureza que no se puede ya reparar. Es muy difícil ceder al desgarro de no poder rescatar a la infancia. Al final de la noche y de los insomnios, la niñez tiembla dentro de sus ojos. En la oscuridad donde nada pudo ser visto, un niño entierra su propio corazón en la piedra para no sentir.

La verdad de la víctimas, su dura verdad irreparable, es tan cierta como el espesor del desprecio transmitido, ...de padres a hijos, de soledad a soledad, de madrugada a insomnio, de víctima a víctima. La propia vida algún día se encargó… se encargará de construir con la cruda verdad de la víctimas una identidad atroz, enquistada, y entonces la persona escindida, el país desgarrado, y la inocencia de los pueblos atrapada por el relato, exigirá… con arrogancia... imperturbable, impenetrable ante el dolor ajeno… Tal como explicaba Pankaj Mishra en diario el Salto en una entrevista reciente, decía..

“...quedaron atrapados por el recuerdo de la atrocidad; por la narrativa del victimismo. Eso es lo que les da una identidad. Y no solo eso: también les da un derecho moral sobre el mundo: ‘me han hecho daño, soy una víctima, el mundo me debe algo’. Esta es una forma contraproducente de estar en el mundo, básicamente porque esa ‘cultura de la memoria’ puede volverse genocida.” Y eso es lo que está ocurriendo.

En la bronca virtual, en la destrucción televisada vuelve la sangre a la antigua piedra del corazón del relato. El lenguaje se ha escindido del afecto y se alimenta de nuestros cuerpos, para sentir en la violencia del mundo algo de la materia física y biológica que es la vida. Porque esa es también su debilidad. El lenguaje no tiene cuerpo. Necesita el nuestro. Necesita la guerra. Para sentir. Para la piedra del corazón.

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\"Two Gazan Girls Dreaming of Peace\", de Malak Mattar

No hay más remedio que interponer los cuerpos agujereados. No hay más remedio que impregnar los relatos con una memoria indestructible de afecto y amistad. Cuando los cuerpos se junten, cuando las plazas, cuando la alegría, cuando las manos, el relato retrocederá. Frente al afecto, frente a la amistad sostenida espalda contra espalda. El rumor, y el susurro, y la dulzura... el pétalo, el aroma, y la penumbra de los arroyos. La sombra, las umbrías. Rescatar los cuerpos, su materia física y biológica frente a toda la inteligencia escindida del mundo. Escindida del cuerpo, del aroma. Al menos rescatar el afecto y la amistad. Aunque jamás podamos rescatar ya aquella niñez que temblaba atrapada en la noche, atrapada en el fondo imperturbable de los ojos. Atrapada en la piedra del corazón. Aunque nunca podamos, al menos durante un instante pronunciar la hierba, diremos cuerpo, lo untaremos de aroma y ritmo o danza o plaza o encuentro o manos. Para hacer frente al fascismo. Para hacer frente. Para el clavel. Sin fusil.

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