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Béla Tarr: El mirar enamorado 

Enrique Pérez Arco 5 min de lectura
Béla Tarr: El mirar enamorado 
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Béla Tarr: El mirar enamorado 

(Las películas de Béla Tarr se pueden disfrutar muchas veces independientemente de que se conozcan los detalles de la historia, pero tengo que advertir que un par de pequeños detalles de este artículo pueden ser considerados spoilers).

Tengo a mano dos películas de Béla Tarr. Y un libro de María Zambrano.

Ser fragmentario. Ser un ritmo horadado. Un ritmo. Una manera de derramarse el alba en las paredes, sin naranjas ni violetas. Negruzco y agrietado como el final de un siglo o el término de una vida laboral, así me nace el día, entre las palabras.

Decía Béla Tarr que él no filmaba alegorías, ni belleza, sino la realidad. Y decía Zambrano, aunque lo diré a mi manera, que Aristóteles condenó la realidad, que es sombra, ciertamente, pero enamorada. Él nos lanzó durante dos milenios hacia una búsqueda de geometría y pureza, un más allá de las sombras frío, que todavía aprieta en la boca del estómago en el comienzo de las vidas. Las ideas no son inocentes. Tumban la adolescencia de forma prematura. Ni el ansia de progreso, ese más allá que se impone, tampoco. Clava alfileres en la elegancia de los dedos universitarios. Así hemos construido el comienzo de otro milenio, y así asfixiamos el asombro con el comienzan las vidas.

Ocurre que justo ahora cruzo un paisaje embarrado bajo una lluvia incesante, porque necesito mis habituales tragos de ron. Ser fragmentario. Ser un ritmo, horadado. 

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Hablo del personaje gordo de Sátántangó, el doctor, viejo, lento y desvalido. Él, borracho de humo y abandonado, cruzó la lluvia y cruzó la tos.  Ser un ritmo, horadado. Iba por el paisaje como si fuera por su propio corazón, desierto en la tormenta del agua, en busca de una garrafa de ron, que se le había terminado. Ese era su único sustento, el ron y el humo. Para continuar escribiendo, ovillado entre la grasa del aire y las grietas de la pared, con el cenicero rebosante de colillas frente a la ventana, apuntando las palabras que crean el mundo al otro lado, el lado del cine, en pequeños cuadernos, con delicadeza torpe en los dedos gruesos. Pero se le acabó el ron. La señora Kraner le había devuelto ya la llave para no volver más. Ella le ayudaba ásperamente hasta entonces. Y El doctor tuvo que salir desde la escritura, a la inmisericorde lluvia que escribía él mismo. Al implacable mundo de las causas con su efectos irremediables. La realidad. Abandonado, como un perro, pasó la noche en la intemperie, llovía. El cielo derrumbado sobre a él lo destruyó. Alguien lo carga a la mañana siguiente en su carro, y mientras va regresando a la vida se oye la voz del narrador que dice.

“Mi corazón!!!, pensó él una y otra vez. Él anheló echarse en un cuarto cálido, ser cuidado por dulces enfermeras, beber a sorbos una sopa caliente...

Es algo muy sencillo, la realidad. Por eso recreo una de las escenas de Sátántangó. La razón contiene causas, produce efectos irrebatibles. Así es la ciencia. Es cierto. Pero el sol que brilla aún detrás de las nubes, que brilla a pesar de las nubes, (esa es nuestra confianza), conserva su don más sencillo, su facultad de entrar en las paredes agrietadas de un rostro como el calor de la sopa entra en la garganta. Y nadie sostiene, a pesar de la ciencia y su abundancia, un tazón caliente para ofrecérselo a las bestias heladas después de la tormenta de la vida.

Quizás será posible a veces beber a sorbos el amor, resguardados, protegidos, mientras la realidad cae encima de los náufragos, al otro lado de la sensatez, exquisita y bordada en los visillos. Beber en blanco, en negro, beber el calor oculto de aquellas galaxias sin descubrir. Sería posible a veces, tanto sería posible… más allá, en la abundancia. Pero hay que cerrar la ventana y escribir a ciegas, aquí, con confianza, escribir entre el humo y la grasa de la pobreza, hay que escribir la mirada. 

Y el doctor regresa después de quince días en el hospital, un tanto rejuvenecido, justamente para eso. Una arquitectura sin geometría mueve la cámara dentro del espectador en las películas de Béla Tarr y convierte las cosas arruinadas, la sociedad decrépita, los rostros derrumbados, el espacio donde ocurre la injusticia y la traición, los convierte. Convierte el espacio en tiempo, o poema, o experiencia interior imperturbable que se descubre a sí misma dentro el espectador. La mirada, la experiencia de ser, desgajada de las causas y de los efectos, de la expectativa que aprieta en la boca del estomago desde la niñez en busca de abundancia. Y se podría tocar entonces la certeza de que la realidad del mundo se puede construir.  No es irremediable esto que tenemos, ni tiene que durar otro milenio la expectativa del progreso sin fin que aprieta el estómago al comienzo de las vidas.

Solamente entonces en la abertura de ese desprendimiento, el desprendimiento de la mirada, brota o podría brotar quizás el destello que paralice a la muchedumbre entusiasmada con las guerras y la expectativa de triunfo, de abundancia. 

En las películas de Béla Tarr, desde las cosas y el espacio decrépito que envuelve a los personajes vencidos por la vida va emergiendo un calor de sopa caliente en nuestra mirada, de compasión por la vida de los seres dañados y los que dañan. No hay inocencia en los personajes de Sátántangó, abunda la traición, pero tampoco hay culpables. Quien ha visto la película sabe que el personaje de la niña, quien en su perdición daña también al gato, y se daña a sí misma, esa niña es el alma de todos, y es algo más. Otra verdad.

“...no han nacido para ser criminales o asesinos. Todo el mundo es inocente, yo no quiero juzgar a nadie…” dijo Béla  Tarr en una ocasión.

Verán. Se trata de una mirada. O de una verdad abrazando a la otra. Porque hay dos verdades. Dos maneras. La relativa y la absoluta. Pero de eso trata el extraño salto que propongo de una mano a la otra, de Béla Tarr a María Zambrano. Lo dejo para dentro de unos días. Quiero saltar de la lluvia a la Aurora.
Termino, de todas formas, con una escena que lo dice todo. Son once minutos. Dejo el enlace al final del artículo. Pertenece a la película Armoníasde Werckmeister,

https://www.youtube.com/watch?v=5gaYCmjarBU

Agradezco la entrañable colaboración y el apoyo de Juncal Pizarro para sostener la lectura de este texto. Muchas gracias.

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