El Bohío Caraqueño

Bombillo

Jhonny López 4 min de lectura
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Aquella fatídica tarde de agosto Omar entró revólver en mano a la joyería Princesa, se detuvo en pleno centro del local, de inmediato su lenguaje corporal alertó a los clientes y empleados que se quedaron petrificados, sin saber qué hacer o decir, como si se hubiese detenido el tiempo, sin embargo, se percibía en el ambiente un olor a desgracia.

El inexperto ladrón intentó en vano repetir un trozo de parlamento de la película: Tarde de perros, que había memorizado para la ocasión, pero en ese mismo momento lo traicionaron los nervios y lo olvidó.

Entonces, bañado en sudor, respiró hondo y no le quedó más remedio que balbucear la primera frase que se le vino a la cabeza: primero el pan, luego la moral, involuntariamente accionó el arma y la bala desorientada rebotó en el techo y terminó perforando el cráneo de una joven de dieciocho años.

Omar nunca pudo olvidar como se apagaban los ojos de la chica y a su vez, su propia vida en esa mala hora se iría por una alcantarilla en caída libre directo hasta las cloacas.

Pagó veinte años en prisión, al salir de la misma no encontró sosiego ni un lugar en este nuevo mundo, por tal motivo se creó su propio universo, y así nació el planeta bombillo.

El otrora adolescente alumbrado había degenerado en una criatura gris y desdichada, adicta a la piedra, consiguió empero mantener en su espíritu un espacio para la literatura, hábito que cultivaba someramente desde su juventud, pero entre rejas se entregó apasionado a ella al punto de ebullición.

Leía todo lo que llegaba a sus manos pero sentía un profundo vínculo por el escritor Jack London, quizás porque ambos habían llevado vidas azarosas, plenas de miserias y dificultades o por el hecho de que el autor estadounidense acostumbraba a escribir sobre las tropelías y las penurias que sufrieron vagabundos y mendigos de cualquier lugar.

La música era otra de sus pasiones. Todas las madrugadas, acostumbraba a pasear por las calles, en compañía de una botella de caña clara y un destartalado bongó, se instalaba  en cualquier esquina  a interpretar sones y boleros desafinados, y en los interludios acostumbraba a platicar en voz alta, monólogos que se perdían en el vacío de la noche.

Bombillo se ganaba la vida haciendo favores y botando la inmundicia ajena, cuando recibía su paga siempre sonreía y soltaba alguna cita o aforismo pero la gente no acostumbraba a prestarle atención, otras tantas le hacían desaires públicos pero él incólume se reía del mundo.

En uno de sus días de explorador, se encontraba dentro de un contenedor de basura y se topó con unas peculiares revistas deshilachadas de la Deutsche Welle en español, de repente lo atrapó una crónica dedicada a una jovencita afgana llamada Arezo Ahmadi, amante fervorosa de las artes marciales libres, esta chica se vio obligada a huir y refugiarse en Pakistán ya que si el talibán se enteraba de su pasión, entonces sus días estarían contados.

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El Bombillo lector completamente conmovido y solidario no despegaba sus luces del artículo. Lo cierto del caso es que a los pakistaníes nunca le han agradado los forasteros pobres y por tal razón, la valerosa joven iba a ser deportada de nuevo a su país.

Arezo suplicaba que no le negaran la posibilidad de subirse al ring, ella solo quería cumplir su sueño de luchar por todas las mujeres afganas, convertirse aunque fuera por una vez en un símbolo de resistencia en contra de cualquier dogmatismo y fanatismo existente. Lamentablemente, en el momento cumbre de la historia, El Bombi descubrió que faltaban las últimas páginas de la revista, de inmediato ¡estalló en cólera!

No podía creer tal infortunio, exasperado se zambulló entre los desechos buscando las hojas sueltas, mientras profería maldiciones e improperios a diestra y siniestra. Al final, sus esfuerzos fueron en vano. Cuando comprendió que  nunca se enteraría de lo ocurrido con la desventurada chica, se sintió muy afligido, pero en realidad, ni siquiera él podía entender las razones por las cuales se tomó tan a pecho aquella historia.

Luego, al caer la oscuridad, buscó refugio debajo de unas chatarras, porque se avecinaba una de esas noches con tormenta. Un Bombillo impotente seguía lamentándose en sus pensamientos, deseaba con todas las fuerzas de su alma que aquella joven hubiese logrado salir adelante.

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Cuando empezaron a caer las primeras gotas, apreció en silencio el hermoso sonido de la lluvia al caer, de pronto aparecieron un par de perros famélicos que también buscaban guarecerse debajo del armazón, bombillo dulcemente volteo la mirada hacia los animales y les soltó la primera frase que se le vino a la cabeza: ¡vaya hermanos! aún estamos en el medio de la vida.

Apostilla: Dedicado a todos lo bombillos del mundo que iluminan los caminos.

Música:
Blanca Mujer, Draco Rosa
Jeremías 17-5, Canserbero
Bongo's solo, Leo Di Angilla
Mundo de Piedra, Canserbero
Eres Tú, Sandino Primera
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