Sabía que su gestación había sido genéticamente poco común. Por lo que sea, los genes de padre y madre al cruzarse se habían entretenido charlando y habían tardado más de la cuenta en decidir quién cedía el paso a quién y cuál iba a ser la combinación finalista que heredaría la nueva criatura, Leo. Había resultado una mezcla inusual, sus cromosomas eran cruZes perfectas, equis en Arial 11 bien estiradas, no esos churros dobles blandengues de los libros de biología.
Una curiosa rareza que podría haber dado muchas horas de investigación a los científicos. Pero viendo que presentaba en su desarrollo evolutivo una normalidad casi aburrida de lo más tranquilizadora, nadie presentó más interés por hurgar en el pequeño.
Pasaba horas mirando por la ventana el cruce de calles que formaba la suya con otra que se perdía en su largura más allá del horizonte. Las dos eran vías lo suficientemente anchas para que circularan personas en un tránsito constante y algún vehículo.
Se fijaba en dos de esos puntitos que avanzaban en direcciones distintas. Los podía elegir por color. Dos coches rojos. O por cualquier otra cosa. Dos personas con el pelo largo rizado o dos con una bolsa de la compra. Seguía atento el avance de uno y de otro hasta la intersección. Cada puntito llevaba su velocidad, se podía parar inesperadamente y destruir la ilusión del posible encuentro, o dar media vuelta de repente sin motivo aparente. Un acto totalmente desaprobado, que Leo calificaba de cruce de cables. Si es que la gente… está fatal.
Cuando dos de sus objetivos se juntaban en el cruce perfecto, se le alegraba la cromatina y apuntaba en su cuaderno, otra cruZ.
Cruces síncronos, donde la gente se puede encontrar por casualidad. Cruces asíncronos, testigos de los que nunca se van a juntar, por el azar del tiempo y de la vida pasar.
Destinos que se cruzan, caminos que se encuentran, cabezas con cables cruzados. El centro y el Cristo, ahí cruCificao. Símbolos de enlace, de unión, de ir todos al mismo punto, de rezar y de no rezar.
CruCes para rechazar algo, para evitar un paso, para denegar. Las mismas cruCes que sirven para juntar, consentir y aceptar. Hasta una tesis hizo Leo, cuando le llegó la edad de estudiar.
Consiguió un trabajo a su gusto, validando identidades en una administración comarcal. Tenía que verificar si esa persona “X\" era quien se decía ser, si era propietario de ese terreno que decía era de su propiedad. Validaciones cruzadas por aquí y por allá. Con el Registro de la Policía, con el de la Propiedad...
Y entonces llegó por orden en la localidad, que ya no habría más cruces, que las rotondas iban a primar. Todas las vías de una dirección en un único sentido, iban a llevarte y alejar de ese círculo Polar. Por un lado, salir, por otro entrar, para coches y para todo el personal. La gente empezó a obedecer, si dicen que es así, será que hay que aceptar.
Y Leo tenía ya poco que controlar, porque ya nadie se encontraba al caminar. Todos por su lado, todos hacia delante del comienzo al final, y en al otro lado de la calle, los que iban al contrario, como si fueran rival. Hasta se llegaron a olvidar de que había otros caminos, fuera de ese lugar. Y en las rotondas llegaron a quedarse en eterna espiral más de cientos de personas dando vueltas porque dejaron de pensar.
Leo, que había estudiado, sabía que a nada bueno podía eso llevar, puso espejos por todas partes para que la gente se volviera a mirar. Cruces de miradas. Ojos de verdad.
Si hace mucho que no miras a nadie a los ojos, piensa y verás. Que por mucho que camines sin parar, no se te ha de olvidar que no eres único, ni el más importante en la humanidad y que el camino se puede abandonar, volver y cambiar. Y que seguramente te sientes como los demás.
Punto y final. Y aquí, ya no hay +