Desde que mis ojos se abrieron al mundo, nunca pude zafarme de la imagen de aquel callejón de mi infancia; callejón ciego en donde el final no era un muro que cerraba el acceso hacia la avenida Panteón, sino la casa que habitamos. A pesar de ser un crío, en aquel estrecho espacio, descubrí la belleza de la introspección: al no existir un horizonte, miraba hacia el pedazo de cielo que se divisaba entre los techos y lo trasladaba a mi interior.
Cómo olvidar que en aquella vivienda, el aire siempre pesaba más de lo normal. No eran solo los ruidos de las tuberías; era el roce de algo seco que se escuchaba en el interior de las paredes o los pasos de lo que mis familiares suponían era algún niño rebotando una pelota contra la platabanda, situación que se repitió por varios meses.
A veces, aquella presencia desaparecía por semanas; pero, cuando menos lo esperábamos, los sonidos regresaban con un estrépito ensordecedor. Relataban mis mayores que el espectro, por un soplo, no me alzó en sus brazos. Al parecer, me salvaron unos pétalos de rosas blancas bajo mi almohada, que mi madre consiguió sobre la tumba de un niño recién fallecido en el Cementerio General del Sur.
Apenas unos pocos años después nos mudamos a una nueva casa en el mismo callejón, fue allí donde mis vivencias con lo inexplicable cobraron una nueva y más profunda dimensión. Seguía siendo un niño pero me sentía como atrapado en un campo de atracción de energías. Hubiese sido complicado explicarle a alguien que sentía la presencia constante de una mujer que nunca decía nada, pero siempre giraba en torno a mí.
Recuerdo que a esa edad, todavía no había aprendido a atarme las trenzas de los zapatos. Me resultaba frustrante, al punto de estallar en cólera, pero hubo una mañana en la cual mi madre, por alguna razón, decidió salir de compras y dejarme por un rato a solas en aquella casa.
Al encontrarme en ese vacío, sentí la urgencia de vestirme y esperarla afuera. Me preparé lo mejor que pude y, al colocarme los zapatos, supe que me tocaba lo más difícil. En ese preciso instante sentí la presencia de la mujer a mis espaldas. Ocurrió algo inesperado: por primera vez en mi corta vida, amarré ambos cordones. Otra cosa curiosa fue que una vecina al verme, se sorprendió sobremanera al notar en mi rostro infantil un brillo inusitado, y así se lo comentó a mi progenitora que acababa de llegar.
Nunca supe si aquella era una presencia protectora o una sombra aterradora que me recordaba que, en esa casa, yo jamás estaría realmente solo. Entre los habitantes del callejón corrió el rumor de que, a altas horas de la noche, algunos habían visto salir o entrar a una especie de duende por la alcantarilla grande y pesada ubicada en la entrada. Yo sabía que no se trataba de un duende, sino de aquella mujer silenciosa que solía frecuentar nuestra casa.
Me resultaba tan difícil explicar esa situación que optaba por el silencio. Pero en una oportunidad, en esos mismos días, hubo una fuga en el Cuartel San Carlos, un recinto vecino a nuestra parroquia. Se habían escapado unos cuantos guerrilleros, unos subversivos muy peligrosos según las autoridades. Lo cierto fue que el ejército tomó el sector buscando a los fugitivos: se metieron en todas las casas, rebuscando en cada rincón. Yo mismo los vi, con sus rifles en mano metiéndose en aquella alcantarilla, forcejeando con sus tapas oxidadas, tratando de rastrear a los fugitivos en sus profundidades. En ese momento, yo albergaba una esperanza secreta: que en vez de aparecer los subversivos, emergiera ella, la mujer que venía en las noches a visitarme. Pero ni unos ni otros. De esa alcantarilla no salió nada, solo un hedor que impregnó las viviendas y a todos los presentes.
Después de ese episodio, la mujer siguió visitándome, incluso a medida que crecía. Esto continuó hasta que nos mudamos de ese callejón. Hoy, ya adulto, de vez en cuando regresa en sueños como un eco del pasado, un saludo nostálgico, un recordatorio de misterios que no logro descifrar del todo. Pero a estas alturas de mi vida, me importa un bledo desentrañarlos.