El Bohío Caraqueño

El chichero de Canónigos

Jhonny López 4 min de lectura
El chichero de Canónigos
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El chichero de Canónigos

Cuentan las voces viejas que Balbino Blanco sí que tenía una apariencia espectral, era esmirriado, con cara de muerto, voz insípida y ojos tristones. Aunado a su peculiar perfil y por curioso que parezca, se apostaba todos los días con su carrito de chicha en la entrada donde quedaba el antiguo cementerio colonial, adyacente a la esquina de Canónigos. A pesar de su aire fantasmal era uno de los personajes más queridos por todos los aledaños. Esto se debía en gran medida a que sus chichas de arroz de consistencia espesa, con un sutil toque de leche condesada y polvo de canela eran las más deliciosas del valle de Caracas, o por lo menos así aseguraban sus innumerables clientes.

El chichero a sus espaldas y muy a su pesar era conocido popularmente como cara'e'muerto, sobrenombre que al escucharlo súbito lo hacía estallar en cólera. Por tal motivo, sus interesados clientes evitaban por lo menos en su presencia mentarlo así. La sombra de la burla cubría también a Juana, su esposa y a Balder Blanco, su hijo, quienes eran conocidos en el callejón San Pedro y sus alrededores como los cara e'muertos. Lo que nadie podía sospechar era que Balbino desde hacía bastante tiempo, escondía un ruin y oscuro secreto.

Todo estalló aquella tarde de 1977, cuando la policía metropolitana perseguía a un par de truhanes que acostumbraban a arrebatarle a los transeúntes del centro de la ciudad sus pertenencias, para luego emprender una carrera de 100 metros planos como gacelas en la sabana africana hasta mezclarse con la muchedumbre. Lo que llamaba la atención de los funcionarios policiales era que siempre que intentaban ir detrás de los maleantes, estos se escabullían hacia la esquina de Canónigos con ruta al callejón de los difuntos, esfumándose como almas que lleva el diablo. Pero en esa ocasión, uno de los uniformados de azul, escuchando sus voces viejas, y con la perspicacia de Sherlock Holmes, se detuvo al frente del Cara e'muerto, exigiéndole que volteara su carrito repleto del maná de arroz.

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Así ocurrió y para la sorpresa de los presentes, también se desparramaron sobre el asfalto como conejos sacados de una chistera, una gran cantidad de prendas hurtadas. Ese fue el momento, en el cual al chichero se le torció el destino, los funcionarios procedieron a esposarlo y a tirarlo en el piso boca abajo cual maleante, mientras esperaban la llegada de la patrulla policial. La muchedumbre comenzó aglomerarse en torno al chichero como abejas al panal. De pronto surgió un reportero gráfico que en el cumplimiento de su deber, capturó la conmovedora imagen de un hijo observando la figura de su padre sometido. Al día siguiente, el periódico Últimas Noticias colocaba la foto en su portada. La noticia corrió como la pólvora y con la mediática vino su muerte moral. A partir de entonces, la familia Blanco, fue víctima por muchos años del desdén y las habladurías de sus vecinos y allegados, quienes sentían repulsión por las mencionadas bebidas y hasta negaban haber sido clientes alguna vez del chichero bribón.

En esencia, Balbino fue condenado a 7 años en prisión y mientras sobrevivía en aquel recinto, a veces se imaginaba conversando con su hijo, se avergonzaba ante él por haber perdido su camino. Para completar la tragedia, faltando menos de un año para cumplir con su condena, falleció de un ataque al corazón. Y Si bien era cierto que con la muerte física se había liberado de los barrotes de su celda, por otro lado,su esposa e hijo mantenían en sus corazones el dolor de aquella pérdida que los marco hasta lo más profundo de sus seres.

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Con el discurrir de los años, surgieron mil y un conjeturas acerca de lo sucedido con el chichero de Canónigos. Inclusive, algunos se aventuraban a señalar que había dejado oculto un valioso botín en algún lugar. Pero por inverosímil que pareciera, tal leyenda urbana era cierta porque en la pared debajo del fregadero de la casa de los cara e'muertos, escondido entre ladrillos Balder descubrió un bolso repleto de relojes, anillos y cadenas de oro y plata. En ese instante, el hijo sintió que su familia necesitaba soltar las ataduras del dolor, liberarse de las cadenas del pasado que también habían llevado sobre sus hombros y acto seguido tomó todos esos bienes mal habidos y desde el puente Carlos III los tiró al vacío hacia la quebrada Catuche. Al despojarse de lo ajeno, los ojos de Balder Blanco que recobraron una cierta húmeda y blancura, debido a la acumulación de dolor a lo largo de los años, sus retinas se habían tornado amarillentas de tantas lágrimas secas.

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