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El gozo

Enrique Pérez Arco 5 min de lectura
El gozo
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El gozo

No escribo más que para desenredar lo reconocible, o sea, la parálisis, que en un extremo del hilo inquieta con su extraña inmovilidad. No escribo más que arrastrado por el otro extremo del hilo, por donde lo desconocido nunca acaba de llegar. Y eso también inquieta. Soltar y entregarse no será fácil.

Y ahí, entonces, es donde uno se agarra a la escritura como a la mano familiar que te conducirá sin nombre a la libertad. Pero esta semana quiero callarme, para que sean Clarice Lispector y Chantal Maillard las que me tomen de la mano. De alguna manera, con ellas regreso también a la escritura y hago recuento de lo escrito durante los dos últimos meses en esta gaRceta.

Escribe Chantal Maillard en Filosofía en los días críticos:

De nuevo esta sensación de extrañeza que me atraviesa en oleada y me clava contra mi misma. Alrededor todo se vacía, todo lo que conozco toma el aspecto de lo desconocido. La extrañeza es eso, precisamente eso, a medio camino entro lo conocido y lo desconocido. La extrañeza no e. provocada por lo que se desconoce, por lo absolutamente otro…

Luego se dan cuenta de que entender es un error, porque entender es reconocer y es como repetir un sueño: pasar una y otra vez la misma imagen, creyendo que se avanza, creyendo que todos juntos vamos avanzando cuando en realidad lo que hemos hecho ha sido detener la imagen, pasar una y otra vez la misma secuencia, y la llamamos cama, espejo, taza, y la llamamos yo, nosotros a las diez de la noche y la llamamos trabajo, calle, vida… y luego advertimos que nuestra vida era una imagen, una de tantas imágenes creando la impostura… la ilusión del tiempo… hasta que todo se detiene…

Tomo ahora el libro Agua viva de Clarice Lispector, y voy a leer más o menos el comienzo:

...quiero alimentarme directamente de la placenta. Tengo un poco de miedo: miedo de entregarme...

porque el próximo instante es lo desconocido. ¿El próximo instante está hecho por mí o se hace solo? Lo hacemos juntos con la respiración…

Quiero apoderarme del es de la cosa. Esos instantes que transcurren en el aire que respiro: como fuegos artificiales que estallan mudos en el espacio. Quiero poseer los átomos del tiempo. Y quiero capturar el presente, que por su propia naturaleza me está prohibido: el presente se me escapa...

Solo en el acto del amor -por la nítida abstracción de estrella de lo que se siente- se vislumbra la incógnita del instante que es duramente cristalina y vibra en el aire, y la vida es ese instante incontable más grande que el acontecimiento en sí. En el amor, el instante de júbilo impersonal refulge en el aire, gloria extraña del cuerpo, materia sensibilizada por el escalofrío de los instantes. Y lo que se siente es al mismo tiempo inmaterial y tan objetivo que ocurre como fuera del cuerpo, centelleando ahí en lo alto, alegría, alegría que es la materia del tiempo y el instante por excelencia. En el instante está el es de sí mismo. Quiero captar mi es. Y canto un aleluya al aire como el pájaro, y mi canto no es de nadie. Pero no hay pasión sufrida en el dolor y en el amor a la que no siga un aleluya. ¿Mi tema es el instante? Mi tema de vida.

Intento estar a su altura, me divido en miles de partes, en tantas partes como los instantes que transcurren, tan fragmentaria soy y tan precarios los momentos, sólo me comprometo con la vida que nace y crece con el tiempo: sólo en el tiempo hay espacio para mí. Te escribo toda entera y siento el sabor de ser, y el sabor-a-ti es abstracto como el instante.

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Esto también pasará… La frase de aquel sabio indio ha de tenerse en cuenta tanto en la felicidad como en el dolor. Quien sabe aplicarla no se extraña pues está a medio camino de ser quien es y de no serlo, a un tiempo sujeto y objeto de sí mismo, y en el intervalo, justo en medio, ahí donde se localiza el punto muerto, halla la sabiduría, la equidad de Confucio, la indiferencia del Buda...”

La indiferencia del Buda, dice Chantal… yo diría la ecuanimidad.

Ecuanimidad... que pudiera no ser otra cosa, que la renuncia a apoderarse… Decía Clarice, apoderarse del “es” de la cosa. Ella comienza su agua viva con esta sucesión de palabras: apoderarse, poseer, capturar el presente… el instante. Parece que el lenguaje la traiciona.

Entre la alegría y la extrañeza, entre ser algo y no ser... está el lugar intermedio del que habla Chantal. Un lugar sin lugar, donde la luminosidad natural de la conciencia, el gozo, se obstruye por el afán de capturar, de sostener, de retener algo, de aferrarse a ser algo impidiendo el fluir.

Solo mediante el gesto contrario, el gesto de la entrega... que en el amor ocurre con mas facilidad, ese lugar es accesible. Gloria extraña del cuerpo, dice Clarice, del fluir del cuerpo. Más alla, en lo que se refiere al sentido abismal y radical de la vida, también podría darse, el gozo, pero requiere soltar y entregar toda la inercia acumulada en las más profunda entraña, donde aprietan los más sólidos y convincentes argumentos que la biología desarrolló para la supervivencia, para ser, para continuar siendo. Y de esta forma es como la extrañeza se apodera en su orilla, y obstruye el gozo del inagotable fluir, el instante, donde todo aparece y todo se deshace. El gozo es la materia del tiempo. Pero hay mucho miedo. A ser engullidos. Por la nada. La nada que los desprovistos de coraza, de lenguaje, experimentan con crudeza y dolor. ¿Dónde la confianza? ¿Dónde, querido Leopoldo María?

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