El Bohío Caraqueño

El Gran Café

Jhonny López 4 min de lectura
El Gran Café
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Conforme avanzaba el tiempo, todas las ocasiones en las cuales disfruté en El Gran Café, se fueron desvaneciendo de mi memoria como el humo en el aire. A excepción de una  en particular, la cual se fijó como una huella imborrable. Fue aquella tarde del 20 de enero de 1990, cuando me trasladaba entonces hacia La Plaza Brión de Chacaíto, en compañía de mi hermana y mi cuñado quienes recién habían llegado de vacaciones a Caracas provenientes de Italia.

Al llegar al bulevar, este estaba repleto de gente vestida de negro, entre los asistentes se encontraban  caras conocidas, algunas cercanas, otras no, que al igual que nosotros, esperaban disfrutar del concierto al aire libre de la icónica banda venezolana Sentimiento Muerto. Ciertamente, desde temprano se respiraba en el ambiente una  atmósfera turbia. Posiblemente, se debía a  la deficiente logística por parte de los organizadores, quienes de manera negligente no arrancaron el espectáculo a la hora señalada. Los ansiosos asistentes expresaron su malestar general a través de un recital de silbidos y rechiflas. La incomodidad fue creciendo paulatinamente.

De hecho, los ánimos estaban tan caldeados que cuando los integrantes de la banda subieron a la tarima, ni siquiera pudieron terminar la segunda canción. Porque esa peligrosa mezcla entre los sonidos de la guitarra de Cayayo Troconis y los ímpetus insuflados del público se combinaron para que estallara una mega riña. Estábamos atónitos ante lo que estaba pasando, al cabo de unos minutos, intervinieron las autoridades policiales, intentando  restituir el orden público, a punta de gases lacrimógenos y peinillas, detuvieron a algunos entre los que se encontraba un apreciado amigo y su novia. Lamentablemente, suspendieron el evento frustrándose con ello, lo que seguramente hubiese sido otro mítico concierto de la banda caraqueña.

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Para superar el guayabo y la frustración que llevábamos a flor de piel, decidimos pasear o mejor dicho, huir a lo largo del bulevar de Sabana Grande, siguiendo la ruta del sol poniente. Cuando faltaban pocos metros para llegar a La Plaza Venezuela, mi cuñado tuvo una epifanía, su rostro se iluminó y pidió conocer el local que alguna vez perteneció al célebre Henry Cherrier, personaje que ya conocía por haber leído la célebre obra Papillon.

Así, cumplimos su deseo y lo llevamos a conocer El Gran Café. Apenas al ingresar y sentarnos en sus sillas, percibimos en esos metros al cuadrado que representaban el local una atmósfera de sosiego, se trataba como de algún pálpito que me anunciaba que lo que estábamos viviendo en ese preciso instante, sería una de esas fotografías que se guardan en algún lugar del ser.

Daba la impresión que nos encontrábamos en una isla aislada en el medio del océano, alejada del bullicio y el ajetreo típico de un viernes recién anochecido. Me mantuve enmudecido un buen rato, al contemplar nimbos en todos lados, tal visión la guarde para mí, luego de un prolongado silencio que duro una eternidad, surgió de la nada el nombre de Henry Charrier y como por arte de magia, los tres desde nuestra mesa, iniciamos una interesante plática acerca de ese francés errante y aventurero, fundador del local, protagonista de innumerables leyendas urbanas que engrosaban el álbum de cuentos de Caracas.

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Mi cuñado aportó a la tertulia una acotación enriquecedora, afirmando que, en los años 80, cuando se fue a vivir a Senegal, a trabajar como zapatero y buscar aventuras, conoció en la ciudad de Dakar a un viejo francés comerciante de artesanías, el cual le confesó en una noche de tragos, que había sido compañero de Papillon en la prisión de St. Laurent du Maroni en la Guyana Francesa. Ambos europeos viviendo en África, hicieron una gran amistad hasta la muerte del viejo galo. A pesar de que mi cuñado nunca lo mencionó, pero posiblemente de allí venía su interés por conocer el local que el carismático personaje fundó en Sabana Grande. Al cabo de un rato, se aparecieron Pingüino Echezuría y Cayayo Troconis de Sentimiento Muerto alborotando el ambiente, ya que eran figuras reconocidas y admiradas, acercándoseles algunos clientes para conocerlos o pedirles algún autógrafo.

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Además de los músicos, nos reencontramos con mi amigo y su novia quienes nos contaron que al ser detenidos por la policía durante los sucesos horas antes, en un descuido de  las autoridades se les escabulleron dejándoles sus respectivas cédulas de identidad, historia muy surrealista pero que al final, encajaba como anillo al dedo con esa tarde de riñas, café, prófugos y rock and roll.

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