El Bohío Caraqueño

El hombre sin raíces

Jhonny López 4 min de lectura
El hombre sin raíces
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El hombre sin raíces

Alcides era un hombre sin raíces sin huesos, crecido a partir del tallo. Aunque su vínculo con la tierra siguió siendo estrecho, porque las plantas siempre fueron su sostén. Era un ser en estado liminal, difícil de tildar pues no se ubicaba ni aquí ni allá, sino en algún recóndito lugar. Su temperamento presentaba una peculiar dualidad, cuando andaba sobrio, caminaba impávido con vista al suelo y las pocas veces que alzaba la mirada para toparse con la muchedumbre, le resultaban en su gran mayoría intrascendentes. En sus momentos de ebriedad, era otro en su ser y estar, deambulando a tropezones con la mirada pérdida, como buscando algo. Quizás, simplemente anhelaba acercarse a otras almas sutiles. Daba la impresión de que era un hombre sin pasado, sin embargo, anduvo largo trecho por la carretera y se hundió hasta los tuétanos en el barro de la vida, resoplando sobre crepitantes vientos, viajando lejos a través de letras y humanidades, entre ásperos caminos y bosques frondosos.

Transcurrió parte de su vida, en su huerto en San Isidro de Galipán. En las madrugadas cuando bajaba a vender sus orquídeas en el mercado de Las Flores, olía a neblina y a tronco mojado. Al mediodía, se iba a comprar libros usados debajo del puente de la avenida Fuerzas Armadas y estando en las inmediaciones, aprovechaba la ocasión para desviarse hacia el bar El Chico, y en esas horas, su alborozado espíritu se desbocaba entre botellas. En las noches, intentaba regresar trastabillando a su huerto, apestando a tabaco y aguardiente, pero religiosamente traía consigo, una bolsita de papel repleta con golosinas, para repartirla entre la chiquillería de la parroquia. Eso sí, con la condición de que estos respondiesen previamente a sus preguntas sobre historia, geografía y cultura en general, y a pesar de que las contestaciones resultaran poco alentadoras, Alcides nunca perdía la fe.

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En una oportunidad, cuando regresaba del bar hecho añicos, traía consigo en una mano la obra “Cumbres Borrascosas” y en la otra la bolsita de papel, súbito se vio rodeado por infantes color a tierra que reclamaban al unísono el botín. Entre ellos estaba Rubén, uno que se confundía entre tantos desafortunados. Pero nada más lejos de la verdad, porque dentro de ese chico habitaba la luz de un faro. Al comenzar la ronda de desafío, Alcides se las puso difícil a los chicos del barrio: ¿Quién escribió la novela Cumbres Borrascosas? En el ambiente hubo un silencio incómodo que duró fracciones de segundos, luego estallaron las risas entre los atónitos presentes, pero Rubén aun conociendo la respuesta mantuvo su estado de mutismo.

Mientras Alcides organizaba en su mente la segunda pregunta, el singular niño supo intuir sus pensamientos. Previamente, le había prestado atención al tatuaje de su brazo izquierdo, un símbolo heráldico que reconocía de las historietas de los Tres Mosquetero. Y cuando el previsible hombre formuló la pregunta: ¿Cuál es la flor nacional de Francia?, el habilidoso chico le respondió “La flor de Lis”, el silencio del entorno duró una eternidad o así lo pareció. Rubén nunca pudo olvidar el semblante en el rostro de Alcides, era expresión difícil de tildar. El resto de la historia se disipo en el tiempo. Los borrachos de esquina cual juglares, se encargaron de recrear y transmitir los sucesos y con el discurrir del tiempo, solo retazos confusos se conservaron en la memoria de la comunidad. Desde entonces a Alcides nunca más se le volvió a ver, En el caso de Rubén, después de andar un largo trecho por la carretera, hizo familia y echó raíces en Montreal. En una ocasión en esa ciudad, se presentaba una exposición cultural sobre Suramérica, y si bien a su familia siempre le dio la impresión, de que era un hombre sin pasado, estos se sorprendieron gratamente al percibir de su parte un fervoroso interés por asistir a dicho evento.

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Por tal motivo, su esposa e hijos también se animaron y decidieron acompañarlo, lo curioso fue que en pleno paseo por el recinto, sintió de sopetón un sismo en el plexo solar, al observar en una de las casetas de exhibición, la figura de un viejo decrépito rodeado de las más hermosas orquídeas venezolanas. Lentamente se acercó al anciano, y al encontrase ambos frente a frente, Rubén atinó a responder: “Emily, Emily Brontë”.

Música:
Claveles de Galipán, Mary Olga Rodriguez
Recuerdos de la Alhambra, Francisco Tárrega

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