La soledad afligía a la mayoría en mí entorno. Siendo yo un ser insepulto, mi tormento trascendía el mero aislamiento social o la vacuidad habitual: era como un paisaje urbano inmóvil ante el viento voraz. No recordaba cómo, dónde ni cuándo me despedí de este mundo material, porque padecía de algún tipo de dificultad exclusiva para recordar mi vida o reconocer rostros conocidos, incluso de seres queridos, pero eso sí, por alguna razón desconocida, sabía que siempre había habitado en esta bulliciosa ciudad, aunque ahora me parecía más oscura y tenue.
Posiblemente, en el fondo buscaba regresar al hogar; pero, ¿cuál hogar? Además, en mi nueva condición, hubiese representado para mis familiares y allegados (en el caso de que los tuviese) algo tan peligroso como un estanque de agua envenenada o un nido de cascabeles. Ciertamente, era el muerto que volvía a la vida social y, con el pasar del tiempo, hallé en lo profundo de mis confines un dulce consuelo que me resguardaba entre la vasta fauna del espacio que me cercaba y desbordaba cada noche.
Aunque era corpóreo, carecía de un ombligo y me reconocía más como un espíritu de entre los muertos que con los comunes mortales. Todavía padecía de ciertas flaquezas terrenales: Vagaba entre los bares, los libros, el ajedrez y el inconfundible olor a mujer. Según las leyes del misterio, solo se me permitía despertar con la luna; mas no me alimentaba de la carne y la sangre de los mortales, sino de los recuerdos que leía en la mente de los desconocidos y del calor de todo organismo vivo.
Aparte de la biblioteca pública y el cementerio general, tenía la costumbre de refugiarme en el bar chino de la esquina de Platanal. Me encantaban de ese local sus cervezas frías, sus luces de neón rojas, la escasa clientela pero sobre todo una de sus meseras. Tenía una fijación -o mejor dicho, una obsesión- con esa mujer que, aun sin poseer una belleza física según los cánones establecidos, emanaba un carisma y una sensualidad en su lenguaje corporal que admiraba en silencio, sin que ella lo supiese. En realidad, aunque me sentaba siempre en la misma mesa, nadie me notaba; inclusive, los pocos borrachos no me veían, confundiéndome, a lo mucho, con un objeto o un efecto de las luces de neón parpadeantes.
Hasta que una noche apareció una sombra extranjera que sí me observaba, allá en la mesa del fondo, donde la oscuridad era más densa que el humo del tabaco. Era un hombre pálido que a leguas se notaba que no pertenecía a este trópico. Para mi sorpresa, aquel Vurdalak se levantó inesperadamente con su elegancia de cadáver dirigiéndose justo hasta mi mesa y, sin esperar autorización, se sentó frente a mí.
-¡Vaya! ¿Así que esto es lo que queda de los de tu raza? Dijo con un acento tosco y envuelto en sarcasmo-. ¡Bah! Eres una sombra sin ombligo que se esconde en este bar. ¿De verdad crees que esa mujer te devolverá la sangre? Se inclinó hacia mí y pude oler su putrefacción.
–Yo no crucé el vasto mar para mendigar. He venido a tu ciudad a terminar un ciclo parental. Mis últimos parientes los Sokolovich —esos que creyeron escapar de nuestra maldición a este caos— he venido consumirlos. A cada uno de ellos.
El Vurdalak sonrió, dedicándome una última mirada de desprecio antes de abandonar el bar transformado en un repulsivo humo. Mientras me quedaba allí inmóvil, comprendí que debía cuidarme las espaldas. A la siguiente luna llena, al regresar al bar chino de la esquina de Platanal, supe la nefasta noticia: aquella repugnante criatura no solo había cumplido su cometido de exterminar a sus últimos parientes quienes habitaban en la calle Ucrania, cercana a la iglesia Ortodoxa de Altavista, sino que también en un acto de crueldad gratuita, había dejado el cadáver de mi mesera favorita en el callejón trasero al bar. Allí yacía ella, sin una gota de vida en sus venas.
La ira y la locura me desbordaron, desesperado busqué al abominable engendro pero no pude satisfacer mi esperanza de venganza. Con el pasar del tiempo, sigo con la resaca del dolor, perdido en la bruma de mi propia identidad, sin recordar quién fui; pero ahora, a mi amnesia se le suma un profundo dolor y esa soledad devastadora que solo veía en los demás, y que ahora me devora las entrañas.
Cuentan que los Vurdalak son una especie de vampiros serbios que regresan de la muerte para chuparle la sangre a sus familiares, y acabar con su linaje.
Por otro lado los Hupias son la versión caribeño venezolana de muertos vivientes, pero no agresivos, y sí melancólicos y tristes, que no agreden a nadie a menos que alguien les moleste a ellos.
Listo el pollo!