Él era poeta de canción. Estos poetas se permiten muchas más licencias que ningún otro. Pueden acelerar el ritmo para que les quepa una frase más larga, o cortar cualquier palabra por cualquier luga- rrrr, todo por una rima o por mantener un ritmo.
Y cuando una frase le gustaba pero no encontraba cómo continuar, siempre le quedaba el recurso de repetirla, una o varias veces, haciendo efectos de volumen en la última repetición… evolucionando al final de silencio que da paso a la siguiente canción.
El final de silencio que da paso a la siguiente canción…
Dedicarse a sus composiciones ocupaba su tiempo, todo su tiempo. Y su tiempo se medía en intervalos de tres minutos, más o menos, lo que dura un cantar medio. En cada composición, cambiaba de objetivo según el ánimo, el aire, el día y el sol. El ánimo, el aire, el día y el sol.
Todo estaba enredado en su respiración, en su pensamiento, en su cuerpo y en su gesto.
Probó la meditación, por probar, pero no se acabó de concentrar en no pensar. Aunque no es esa la cuestión, sino de-jar pa-sar. Dejar pasar pensamien-tos sin ce-sar. Y mientras tanto respirar. O primero res y mantener el pirar y dejarse llevar. Dejarse llevar.
Música de fondo, solo en ese estado consiguió no ponerle letra más que la letra de cada entrada y salida de aire. Llenar los pulmones de la música, mantenerla dentro hasta que cada célula la respire, y devolverla al exterior con el mismo ritmo de entrada o cambiarlo completamente, pausarla mucho más, triplicar su contenido en oxígeno y en CO2 a partes iguales en distinta proporción.
Y así, ya sin rimas se evaporó en una de esas inhalaciones, y como un globo que se deshincha, se exhaló a sí mismo, con un silbido de aire sobrante que se quedó primero en la esterilla azul antideslizante donde estaba tumbado y luego… se des li zó.
Y salió por el hueco de la puerta por el que entra el frío, y se dispersó.
Susurró a los oídos melodías que recordaban a otras que alguna vez fueron de un color,
del color que se le antoja a la ilusión,
de quien de su oído a su cabeza pasa primero por su corazón.
Se perdió en el aire que se enrolla en las bufandas y se convierte luego en voz,
voz de quien canta y tararea, desde el niño y la señora
hasta el señor más mayor que repica en el suelo con su bastón.
Voz en los labios y en los pensamientos y
hasta la voz ausente en los silencios que dan paso a la siguiente canción.
Volando llegó a Roma, porque allí se llega desde cualquier rincón,
y se impregnó de los empedrados y subió a un balcón,
balcones llenos de canciones y de historias de des y de amor.
Y en el más alto de todos, donde no cabía ya ni una flor,
y a la vez en otros, cada uno distinto con y sin comparación,
se confundió con el suspiro de muchos que cantaban una canción….
Que hablaba de un poeta que cambiaba las palabras, las partía y qué sé yo,
que no hacía solo poemas sino que les daba un son.
Un sonido para cada uno, una pausa, una repetición.
El silencio que da paso a la siguiente canción.