El Bohío Caraqueño

El Tablero

Jhonny López 4 min de lectura
El Tablero
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Siempre supe que en las honduras de mis entrañas cohabitaban cuatro estaciones emocionales; vientos caprichosos que se turnaban para azotar mi rostro. Había primaveras de pasión, veranos abrasadores, otoños de hojas en remolinos e inviernos de silencio absoluto. En las postrimerías de noviembre, atravesaba un ciclo inexorable, como el péndulo de un vetusto reloj de pared, el cansancio me vencía y me arrojaba a un foso. El mismo abismo que el viejo Ismael conoció tras los muros de la Cárcel Modelo, donde el mundo se detenía para dar paso a las batallas pendientes.  

Pero mi encierro no tenía rejas de hierro, sino de madera. Nació de una herida de orgullo un 24 de diciembre. Mientras el resto de la casa celebraba, mi cuñado y un amigo, ambos músicos, estaban absortos en una danza de refinadas piezas de ébano.

Aquella fue mi primera epifanía: la pasión no por el juego, sino por el misterio que los mantenía mudos y distantes. Al acercarme con la curiosidad de un niño a preguntar si podían enseñarme, recibí el desdén como respuesta. Me ignoraron con esa suficiencia de quienes se creen guardianes de un secreto arcano. No fue solo un desplante, fue una afrenta que transformó el tablero en un desafío personal, una fortaleza que, al igual que los muros que custodiaban a Ismael, debía conquistar algún día.

Con el correr de los años, aquella curiosidad infantil no tardó en transformarse en un arrebato apasionado, integraba un grupo de muchachos encendidos por una fiebre repentina. Eran los días del legendario match entre Kasparov y Kárpov, ese duelo de titanes que mantenía al mundo en vilo y que a nosotros nos inyectó una urgencia visceral. Nuestra pandilla de aprendices se reunía cada noche en una baranda, sobre una acera alta, bajo la luz amarillenta de un torcido y oxidado poste cuyo gran bombillo nos iluminaba a nosotros y al tablero, creando un oasis de claridad en medio de la penumbra de la calle y sus habitantes. Movíamos las piezas de plástico con la torpeza de quienes intentaban aventurarse en una odisea de columnas y filas desconocidas, obsesionados por descifrar los códigos de un nuevo lenguaje, mientras aprendíamos el uno del otro entre aciertos y errores nos hinchábamos de orgullo porque creíamos saber algo de la guerra, hasta que en unas de esas reuniones nocturnas apareció por primera vez el viejo Ismael.

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Al enfrentarlo en batalla, entendimos que lo nuestro, era apenas un balbuceo. A partir de aquel instante, comprendimos que ese hombre sentado frente a nosotros con un aura de quien había visto el anverso y reverso del mundo era también un puente que nos invitaba a ir más allá de las piezas. En la medida en que su presencia se hizo habitual, aparecieron las raíces de la convivencia, así supimos que adquirió sus habilidades ajedrecísticas bajo la sombra de los pabellones, allí donde dejo sepultada su juventud. Según contaba, fue compañero de celda de Omar, “El Chino Cano”, con quién entabló una sólida amistad, le enseñó a jugar ajedrez, lo acercó a la literatura, pintura y al teatro penitenciario. En una de tantas tertulias, recuerdo sus dedos callosos acariciando un peón y un cigarrillo; el humo era tanto que ya no se distinguía cuál de los dos se fumaba. Acotó que estando en prisión compartió espacio y tableros con otro personaje de una densidad histórica particular: Horacio Cabrera Sifontes, el hombre que años atrás, había intentado alterar el orden establecido con fuego, de una cultura vastísima y el mejor jugador de ajedrez entre los reclusos.

Ismael nunca alcanzó el nivel magistral de estos dos grandes jugadores, pero desarrolló un juego respetable e incluso participó como actor secundario en alguna obra de la compañía teatral que le servía de escudo frente a la realidad carcelaria. La última noche que lo vimos contratacaba con la variante dragón de la defensa siciliana, pero la partida quedó interrumpida por una redada de la Policía Metropolitana. Bastó un vistazo a su cédula de identidad para que su pasado lo sentenciara, en la comandancia de Cotiza, el sistema nos devolvió a la calle por ser menores, pero a él se lo devoró el silencio de las celdas.

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El viejo Ismael nunca regresó. Años después, supimos que en la vorágine del Caracazo, entre el humo de las revueltas y celdas incendiadas de aquella mole de concreto en Los Magallanes, la violencia terminó por alcanzarlo. Murió allí, dejando para siempre nuestra última jugada en un jaque mate en suspenso.

Música:
Tormenta de Barlovento, Vytas Brenner
Pajarillo, Aldemaro y su Onda Nueva

....dedicado al amigo Marcos, el electricista




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