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Elogio de las manos

Enrique Pérez Arco 4 min de lectura
Elogio de las manos
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Elogio de las manos

Superan los setenta, van cogidos de la mano. Ella se adelanta un poco, ambos se alargan cuando se cruzan conmigo en un paso estrecho de la calle Priorato. El gesto de él, labios apretados, mirada fija, tiembla rezagado, tocado por la fragilidad, quizás por algún leve daño neurológico. Caminar, construir un rumbo o alcanzar un destino pareciera difícil, pero el gesto concentrado desvela una voluntad in-negociable, una decisión bajo la cual el ladrillo rojo de los muros se curva. Toda la realidad se dobla a esa hora deslucida de noviembre, toda la calle se inclina y les abre el paso, como yo, repentinamente ennoblecido, como todo el barrio, ennoblecido por el gesto que los incluye. El gesto que ambos regalan a su paso.

Los he reconocido, su fragilidad en mi temblor. Antiguo. Viejo, un temblor con el cual he convivido durante todas las noches amarillas de mi vida. Una fragilidad bebida en la fuente que nacía a ras de tierra, justo al comienzo de todo, un hilillo de transparencia asombraba la aspereza, lo recuerdo aún, entonces. Veis que las vocales se arrastran unas a otras. Y es que he nacido, así, vocalizado.

Me divido en miles de partes. Me divido, igual que me curvo bajo el paso de una voluntad in-negociable. La mía. La de mis ancestros. Bajo el peso de una fragilidad que ennoblece la dura ronquera del ladrillo, en un barrio algo triste debido a la aspereza.

Cerca ya de la estación de Zarzaquemada me llega el chat de Óscar. “Elogio de las manos”, me dice, así se llama el libro por el que le pregunté.

\"\"

Trata de una casa que tiene más de setenta años, y tiembla, con leve daño, antes de ser derrumbada. Tiene miles de fragmentos dentro. Vidas tocadas por un espejo turbio o una cómoda desvencijada. Escúchenme, “...sin esperanza, miedo, estratagema o añadidura…”*

poco digo, poco les diré,

la mirada cruzada sobre las piernas, y el tiempo al galope por la cordillera de los hombros. En la manos una curva tiembla bajo el cielo. Como un pájaro extraviado, sin sentido ni oportunidad, he venido

arrastrado por el trino,

musical, vocalizado,

todo el asunto que traigo suena, así que escuchen los fragmentos, yo estaré entonces agradecido, doblado bajo el paso de las sílabas.

Dice Jesús Carrasco en Elogio de la mano, dice de la casa, dice…

Fue en ese instante cuando fui consciente de que un elemento nuevo había sido incorporado en la escena: una manta ligera de lana azul extendida sobre la falsa piel del gran sofá. Anaïs debía de haberla puesto cuando todo estuvo limpio: remetiéndola entre los cojines del asiento y del respaldo, haciendo que el rojo brillante y agrietado del escay quedara oculto, inesperadamente ennoblecido. El azul de la lana y, sobre todo, su textura acogedora resaltaba en la habitación, apuntando hacia un futuro para la casa y para nosotros en ella que yo no había imaginado, pero Anaïs sí. No bastaba con tirar aquel tabique, aprendería yo con el tiempo. No bastaba con que cupiéramos más personas en la habitación, o con que no hubiera goteras o ratones. Esas eran unas condiciones mínimas. Se trataba de lograr algo más que un refugio que nos protegiera del viento y de la lluvia. Había que hacer que quienes llegaran a la casa se sintieran bien allí cuando se quedaran a solas y la alegría de los otros no les fuera contagiada. Que pudieran sentarse en invierno y dejarse recoger por el sofá. Que allí quisieran leer o acariciarse hasta dormirse o despertarse o excitarse.

Aquella manta azul me recordó al poeta brasileño Manoel de Barros y su Materia de poesía. Había un verso en ese libro que parecía brotar de ese sofá: 'Cada cosa ordinaria es un elemento de estima', había escrito el poeta. Todo lo que nos rodea es portador de una conciencia. Cada cosa ha sido hecha, traída o llevada por alguien. Hay un motivo que explica una ventana, una sábana limpia en un cajón, una coleta. Hay una intención para cada una de esas cosas. No ha sido la fuerza de la naturaleza quien ha lavado la sábana, la ha doblado y la ha metido en un cajón. Una sábana no es una roca que se desprende de un risco, cae al curso alto de un río y se redondea acariciada durante miles de años por el agua. Una sábana en una cajón es una voluntad y un elemento de estima.\"

...y, llegados a este punto, decir, hay que decir, que cualquier objeto contiene un gesto de labios apretados, una mirada fija, que a pesar de la fragilidad contiene una voluntad in-negociable de seguir, de perseguir un destino tan humilde como la próxima esquina, con su rojez de ladrillo áspero, que se dobla, mordido por las noches amarillas, antes de ser derrumbado por la luz alba… un hilillo de transparencia asombraba la aspereza… una fragilidad bebida en la fuente que nacía a ras de tierra, justo al comienzo de todo\".

Longchen Rabjam Drime Özer (\"Tu eres los ojos del mundo\")

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