Creció el bebé, luego el niño, creció el joven, crecerá el hombre adulto y el anciano más antiguo.
Creciste tú, el que lee, el que escucha.
Naci-dos, desnu-dos, acompaña-dos, entrelaza-dos, recuer-dos, comparti-dos
No me digas que nunca te dejo solo, sólo acompaño tus sueños.
En mi mirada, cuando te veo o te recuerdo, busco quedarme en tus huecos,
vigilando sorprendida y curiosa, viendo tu vida creciendo
intentando dar soporte a lo que te vaya sucediendo.
Cómo me gusta que sepas, que puedes contar conmigo,
y aunque no me necesites nunca me lleva el olvido.
En todo este tiempo, que me he enredado contigo,
me he quedado en tus poros, en cada aliento y suspiro.
Eso es lo que queda, lo que da a la vida sentido,
haber podido quererte, dándote todo lo mío.
Recuer-dos, dormi-dos, lati-dos, madura-dos, demasiado afortuna-dos
Por eso cuentan las grandes leyendas, las historias de amoríos, de romances y de verdades, los cuentos, las fábulas y los penares y chascarrillos,
historias pasadas de éste o aquel,
del que un día fue y se cuenta por sus momentos compartidos
que lo que queda en el recuerdo nunca desaparece, aunque parezca dormido,
que una palabra, un olor, un qué se yo desconocido,
lo despierta y evoca, en un nuevo lugar pero sintiendo lo mismo.
Que a veces llorar una foto es de la alegría de lo vivido
y que si coges aire y sientes ganas de dar un gran suspiro
deja que salga, es un recuerdo que recupera fuerzas y sale de nuevo, como recién nacido.
Como un manojo de globos, elegidos para ser elevados unidos a quien te quiso, por un hilo que no se rompe y que se extiende o se encoge. Atados, nodos, nudos, unidos, todos con nuestros miedos.
Consumi-dos, curti-dos, cansa-dos, casca-dos, evapora-dos, agradeci-dos, enterra-dos, recorda-dos. Pensados.
Y llegarán los siguientes, y estaremos anidados, memorizados, nunca olvida-dos.