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Fascismos

Enrique Pérez Arco 7 min de lectura
Fascismos
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Fascismos

Pienso el fascismo como la esquizofrenia del siervo ajustándose al brote narcisista del amo. Pienso también el sufrimiento. Se extiende el estupor bajo la piel de los afortunados amo y esclavos del primer mundo. Parte de él empieza ahora a salir a la calle empapado de distancia, temor, a veces ira, y sobre todo desaliento. El nudo de las emociones puso en la almohada hielo al anochecer.

Hablo del anochecer desde la propia experiencia. He podido entrar en el estupor doloroso del esquizoide, no diré cómo, pero he estado dentro. A fin de cuentas, un poema, más que un don de palabras, consiste en “la adivinación de las ruinas secre­tamente esperadas, a fin de que tantas cosas estereoti­padas se deshagan, se pierdan, se comuniquen.” Son palabras estas de Georges Bataille. Él también estuvo... dentro del suplicio. Pero cuando hablo de mí, fueron solo algunos instantes. Minutos de hielo. Cuando el hilo de la realidad se rompe, y la mente sufre... mucho. Recuerdo que llamaba… pidiendo ayuda durante aquel instante. El tiempo se rasga, se abre, desaparece la contundencia de lo real… y uno entonces tiene que buscar en el abismo un refugio. ¿Buscar lo real?

Una melodía ofrecida a la grandeza de lo abierto puede ser suficiente. Será luego, un poco más tarde, si es que el asunto fue leve y duró poco. Eso es el arte. El poema. La mística. Eso es la entrega hacia algo más grande que uno mismo, más grande que toda la contundencia del mundo. Lo dijo de varias maneras Bataille también. Hay que entregarse a los gestos improductivos. También al juego erótico. Hay que lanzar al cielo las sílabas de la carne. Nuestra materia. Pero hoy día nos falta cántico suficiente en la garganta rota por la servidumbre, y no sabemos derrochar en la ofrenda, en el gesto improductivo.

Y así es como aparece en la escena el amo, el narcisista. Él ofrece o impone su refugio. Por muy infantil, mentiroso y dañino que sea, por mucho que a nadie se le escape que todo es una farsa de sórdido pelaje, el mundo se ha entregado al delirio egocéntrico del narcisista, porque al menos parece ondear una identidad, aunque sea muy pueril. Semejante el rastro de una evidencia perdida.

Si hablo de esquizofrenia y fascismo no desvarío tanto como parece. Se trata de que encontré un concepto clave: “pérdida de la evidencia natural”. Lo desarrolló el psiquiatra Wolfgan Blankenburg.

Perder la evidencia natural es un gesto negro. Una noche oscura del alma. Pero imagínenlo de esta manera, sin ninguna mística. Ustedes conducen por una autovía cargada de tráfico. La evidencia natural es una confianza que nunca es consciente. Se da por supuesta. Una confianza en el funcionamiento del motor, en la eficacia de los mandos y testigos eléctricos, confianza en nuestros reflejos automáticos… un saber donde poner el pie sin tener que pensarlo, sin necesidad de estar alerta ni de reflexionar sobre el fundamento eléctrico del motor. Vivimos dando por supuesto las estructuras diminutas que sostienen el mundo cotidianamente. Al anochecer la luz funciona, y cenamos sabiendo que habrá nuevas verduras en el mercado al día siguiente. Puedo dejar un mensaje prendido de un imán en el frigorífico, y sin pensarlo sé que el bolígrafo sirve para escribir lo que me urge decir ahora. Y dejo para hablarlo después otras preocupaciones un poco más serias.

Entonces yo no lo sabía. Me lo dijo luego el mecánico. Fue el alternador. Se rompió. Todo el sistema eléctrico se vino abajo. La dirección se endureció. Nada respondía. Solo poco a poco y muy dificultosamente puede uno en esos casos hacerse con la realidad. La vida en mitad de la autovía perdió su evidencia natural. Se fue al traste toda confianza en la estructuras del pensamiento que nos hacer fluir en el mundo junto a los demás, fluir con un ritmo común de consumo y producción, y de respeto a la distancia necesaria, con evidencias como que en la pescadería habrá cada día boquerones, con la evidencia de que si pongo el pie puedo frenar, si giro el volante el coche responde, si pido boquerones… ¿pero dónde pedir los boquerones en el mercado esta mañana?

Pérdida de la evidencia natural. Desconcierto. Y entonces la mente... a veces se refugia en el delirio. Para sostener la realidad crea alucinaciones de diferentes tipos. Y pido boquerones en la frutería. O huyo del pescadero porque es un aliado de los terroristas de ETA, ocultos aún en Mercamadrid. O voto para que los emigrantes no me quiten el trabajo, ni el subsidio que afortunadamente yo nunca voy a necesitar. Alucinaciones. Como dudar que los palestinos son personas que sufren. Como olvidar que las bombas abren vientres inocentes de niños y enfermos en los hospitales. ¿Qué significa paz? ¿Y qué significa premio? Pérdida de la evidencia natural, esquizofrenia, caída del alternador en mitad de la autovía de la mente. Búsqueda de un refugio, falso, pueril, engañoso, que el narcisista ofrece a quien ha perdido la evidencia de un mundo que se está yendo al traste, y no puede garantizar su eterno crecimiento.

No es broma. El asunto de la pérdida de la evidencia natural es muy serio. Colectivamente. Porque esa es la cuestión alucinatoria del fascismo. Pero el sufrimiento es sobre todo algo individual. Porque hay quien siente la pérdida de una manera reflexiva, interiormente rota, sin ningún tipo de alucinación ni discurso sustitutorio. Tuve un amigo que había perdido la evidencia del mundo. Lo vi por última vez al cruzar una esquina de la calle Holanda de Leganés. Me miraba sin refugio ni posibilidad para las palabras aquella tarde. Él conocía la máscara cruel de las palabras. Las estructuras falsas que esconden las palabras. El silencio se llenó de hielo entre los dos durante aquellos instantes. De alguna manera, fue nuestra despedida que cuelga aún de aquella esquina. Luego nuestro maestro de escritura publicó, y nosotros bebimos, sus poemas, Sala para fumadores. Pero éste será el tema de una próxima entrega de esta lana de voz: ¿qué es exactamente la evidencia natural perdida? Porque la pérdida de la evidencia contiene una brecha dolorosa que podría ser a su vez también refugio. Nicolás lo rozó, lo estuvo rozando muchas veces, en el poema. También me habló con pasión una vez que me lo encontré por casualidad en el metro. Me dijo que estudiaba filosofía. Me recomendó un libro, que desde entonces me acompaña. Hablaba de ello con amor y pasión. Pero no pudo, su mente no pudo llegar a sostener el refugio, que sin embargo intuía. Un silencio sin hielo, una calidez callada podría emerger del vacío que en la mente deja un alternador roto. No sé cómo escribir eso. Eso es toda mi vida. En cualquier caso, si consigo sugerir algo, será para la próxima entrega dentro de quince días.

No obstante, puedo dar una pista. Cualquier mística contiene su noche oscura, que implica cruzar un desierto de purificación y dolor, acompañada de la intuición y anhelo de belleza y de bondad. Esto indudablemente indica una dirección. A la belleza y bondad, me refiero, y a la purificación, pero también contiene una trampa. Porque en su anhelo de unión con la luz, la mística perpetúa para la mente una sombra, un velo: la lógica del beneficio y de la salvación. Y es que la derrota es ineludible y no debe ser trampeada. No hay otra salida que asumir la imposibilidad de salvación, y eso es el poema cuando esparce su propia carne hacia las nubes de la ofrenda. La pregunta es ¿quien quiere salvarse? Y por otra parte, ¿quien o qué simplemente mira y acoge toda la realidad con sus contradicciones, sin rechazo en su mirada? La esquizofrenia al destruir la contundencia de la realidad aniquila también el interior y difumina al sujeto contemporáneo. Esa aniquilación es el pasto donde crecen los fascismos. Por eso la destrucción de las estructuras del beneficio tiene que ser controlada por el poema dentro de cada uno, y nunca por el narcisista, que únicamente la desvía hacia el propio interés.

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