El Bohío Caraqueño

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Jhonny López 4 min de lectura
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Según las leyendas de los pueblos bosquimanos, en las noches frías de agosto, los huesos hereros esparcidos a lo largo del desierto de Namibia, tenían la mala costumbre de ponerse a recitar elegías al viento, asustando hasta los tuétanos, a los poquísimos errantes que se atrevían a atravesar aquel desolado paraje del Kalahari.

Los nómadas atestiguaban que aquellas voces los invitaban a recostarse sobre la arena perlada a escuchar sus tristezas pasadas. Ya que aquellos seres humanos transmutados en pedazos de osamentas y polvo, aun siendo almas en pena, todavía conservaban los arrestos que evitaban que sus historias las cubriesen las dunas del olvido. Repitiéndoles una y otra vez a sus oyentes, que resistieron hasta más no poder en contra de las huestes alemanas las cuales les arrebataron sus tierras y los sometieron a cumplir el rol de esclavos, y aunque tal gesta les costara sus vidas, esos tormentos padecidos no acallaron sus impetuosas voces.

Los hereros heredaron ese coraje de sus antepasados, quienes por miles de años anduvieron por esas tierras del sudoeste africano, primero como nómadas y luego como pastores sedentarios. El politeísmo animista era la base de sus antiguas creencias, además, asumían que existía vida después de la muerte e incontables mundos espirituales imbricados unos con otros. De allí, sus costumbres de hablar desde el más allá.

Ocurrió que a finales del siglo XIX, se dio una nueva repartición del mundo entre las potencias europeas y los Estados Unidos. Por eso fue, que en agosto de 1884, dichos territorios fueron declarados como un protectorado alemán, y con ese derecho a ejercer soberanía sobre las tierras y su gente, comenzaba la tragedia del pueblo herero. Pero también dicho sea de paso, una loable resistencia pacífica a la ocupación.

Sin embargo, tanto fue el cántaro al agua hasta que se rompió y un 12 de enero de 1904, comandados por su líder Samuel Maharero, se rebelaron contra la opresión. Cuando el Kaiser Guillermo II se enteró de lo sucedido, envío tropas al mando del general Lothar Von Trotha, derrotando a los hereros combatientes en la batalla de Waterberg.

Los sobrevivientes huyeron hacia el desierto de Kalahari con la esperanza de escapar de los artilugios de muerte de sus viles adversarios. Lamentablemente para ellos, las órdenes eran muy claras, capturar a los hombres y ejecutarlos en el acto, mientras que de las mujeres y los niños se encargarían el yermo y el ardiente sol. Por si fuera poco, las tropas germánicas para asegurarse de que el plan fuese lo más eficaz posible, se dieron a la tarea de envenenar los pozos de agua ubicados en la región, así la mayoría de los desterrados murieron por inanición o sed. Los pocos que lograban sobrevivir e intentaban escapar de aquel cementerio de arena, eran esperados por los soldados a las afueras del desierto, para ser abatidos por las balas de los fusiles.

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Foto tomada de la página: https://www.radioafricamagazine.com/genocidio-olvidado/

Ante estos abominables acontecimientos, la opinión pública internacional, alzó su voz, catalogando esas acciones bélicas como un genocidio, exigiendo con ahínco el cumplimiento de los Tratados firmados por las naciones desarrolladas sobre los principios humanitarios.

No obstante, el imperio alemán se negó rotundamente a cumplir con los dictámenes de la ley, argumentando que tales demandas no eran viables porque esas tribus salvajes no podían ser catalogadas como seres humanos sino como subhumanos, según las doctrinas del Darwinismo Social.

En tal sentido, no era de extrañar que las autoridades inauguraran en Shark Island, el primer campo de concentración, de experimentación basado en la eugenesia y el exterminio masivo de una población en la historia contemporánea. Con lo cual, más del 80% de los hereros fueron cazados y erradicados de la faz de la tierra, macabro listón que con él transcurrir de los años, los nacionalsocialistas, rozando la mitad del siglo XX, superarían con creces, y hoy son los sionistas quienes hacen ese repugnante trabajo…

Después que las voces terminaban sus declamaciones de dolor, muchos de los errantes que atravesaban el desierto de Namibia suspiraban aliviados por haber tenido la fortuna de haberse topado con los huesos hereros y no, con aquellas horrendas máquinas hacedoras de fantasmas que posiblemente aun pululaban por la región.

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Atuendo de gala de las mujeres herero. Jim Naughten (2012)
https://www.wiriko.org/artes-visuales/mujeres-herero/




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