El Bohío Caraqueño

La acabadora

Jhonny López 3 min de lectura
La acabadora
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La acabadora

Las camisas negras de Mussolini, imbuidas de poder, intolerancia y con el respaldo del Código Rocco, transformaron la piedad en un delito. En Cerdeña, Bastianina la mujer de negro, ya no era la demandada “Última Madre”, sino una fugitiva sentenciada a la horca por las leyes del Duce y la intolerancia fascista. Por eso, cuando desembarcó en el puerto de La Guaira, traía consigo el martillo de madera en el fondo de una decrépita maleta, un silencio de piedra y todos los muertos sobre su espalda.

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A pesar, de que el origen de su oficio se perdía en los albores del tiempo, ella era una de las pocas sobrevivientes de su estirpe. Conocidas popularmente como las acabadoras, representaban las figuras más enigmáticas y controvertidas de la cultura sarda. Cumplían un papel indispensable, porque su labor era una forma de “eutanasia ritual”, aceptada particularmente entre los más humildes pobladores, pero mantenida en un silencio casi sagrado.

Su labor era poner fin al sufrimiento de los enfermos incurables, ayudando a cerrar los ciclos de vida. Las familias de los moribundos eran quienes solicitaban su presencia cuando el sufrimiento era insoportable y la muerte no llegaba.

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Ellos ERAN conscientes tanto de propias limitaciones económicas, como de la escasez de recursos de la isla. La agonía prolongada de un ser querido podía arruinar a una “famiglia contadina”, por lo cual la mujer de negro era la última esperanza para evitar el dolor y la degradación del infortunado.

La acabadora ejercía su oficio al anochecer, y con discreción para evitar problemas con la iglesia católica o las autoridades civiles. Antes de actuar, retiraba de la habitación todas las figuras sagradas como crucifijos o imágenes de santos, pero también los objetos personales preferidos de la persona que ataban el alma al cuerpo, impidiendo que partiera en paz: una caja de cigarrillos, una botella de vino o los juguetes de algún niño.

Sus instrumentos de trabajo eran: un mazo de madera, un pequeño martillo o una rama gruesa de olivo, colocaba la nuca del enfermo sobre un yugo de madera, para luego dar un golpe seco en la nuca o la frente. A menudo, Bastianina, también ejercía como partera, completando así el ciclo de ayudar con sus manos a dar vida y con las mismas a morir, por eso, su figura vestida de negro era respetada y temida en la comunidad.

Nunca cobró un salario por sus servicios, pero los mismos pobladores por una regla tácita o deuda moral la mantenían mediante donaciones de alimentos y otros artículos de primera necesidad.

La misteriosa mujer, al pisar el puerto caribeño, todavía temblaba de miedo al escuchar los gritos de las camisas negras resonando tras ella en el mar Tirreno. En Caracas, Bastianina, intentó ser otra. Pero nunca se sintió cómoda con su ruido de ciudad en progreso, ni con su sol tropical que no entendía de silencios piadosos.

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Buscaba en los ojos de los enfermos esa súplica muda que solo ella sabía leer, pero aquí la muerte se recibía al sol del tambor y rezos desesperados. La Acabadora se sentía en un nuevo mundo que no era para ella.

Una noche de febrero, se ocultaba del bullicio de las máscaras de la octavita, refugiándose en una pensión del angosto callejón Sevilla, unas sombras le hablaron de las montañas. Le dijeron que allá, donde el frío cala en los huesos y la neblina andina confunde a los vivos con muertos, todavía existían los \"Almohadadores\". No lo dudó, se fue con rumbo al oeste, siguiendo el rastro de los aquejumbrados.

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Algunos caficultores por el valle del Mocotíes la vieron ascender hacia las cumbres, allí donde los frailejones silban tonadas al viento. Se dirigía a una casa de barro, madera y bahareque donde un viejo agonizaba desde hacía meses. La familia, rendida por el llanto y la vigilia, la dejó pasar sin preguntas.

Bastianina llevaba consigo su mazo, se acercó al lecho; no hubo rastro de violencia, sino un acto de piedad absoluta que puso fin al dolor, mientras afuera, en la inmensidad del páramo se anunciaba la llegada de la ventisca.

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