El Bohío Caraqueño

La Despenadora de los Páramos

Jhonny López 3 min de lectura
La Despenadora de los Páramos
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La Despenadora de los Páramos

Los campesinos de Mucuchíes o Apartaderos, la llamaban \"La Despenadora\" o simplemente \"La Extranjera\". Algunos comentaban susurrándose de oreja a oreja (por temor a ser escuchados por el viento) que no era una mujer, sino un encanto que trajo el mar para limpiar el dolor de los páramos. Ciertamente, Bastianina llegó a Mérida, una noche de invierno que congelaba las articulaciones. No hablaba español ni traía equipaje, solo un silencio macabro y un mazo que olía a madera vieja y a final. A pesar, de que la mayoría de los arrieros eran analfabetos, sabían leer la naturaleza de las cosas y entendían que ella era el alivio para aquellos que aun sin cruzar, estaban a las orillas del río del más allá. Por alguna razón desconocida, las montañas adoptaron a la extranjera y la convirtieron en parte de sus misterios.

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En los cuentos de los caficultores, allá arriba en donde el oxígeno escaseaba, ella era una extensión misma de los frailejones, las rocas y el frío. A menudo, la enredaban con el misticismo del páramo merideño, como compañera inseparable de los Momoyes, esos duendes antiguos que custodiaban las lagunas, abriéndole los pasos entre las noches heladas y la densa neblina. La veían caminar rodeada de un séquito de silenciosos venados y perros Mucuchíes de gran tamaño y pelaje abundante y denso como si ella fuera la última guardiana de una estirpe olvidada.
Al parecer, hecho el oído al viento, del aire aprendía donde había un moribundo que ya no aguantaba el peso del vivir. Solo entonces aparecía con su mazo de madera para romper el cordón que ataba el alma al cuerpo por aquellos parajes montañosos. La Acabadora se volvió leyenda, una mujer sacra que ayudaba con sus manos a realizar el último rito de piedad, que regresaba el polvo de los difuntos a la tierra.

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Una noche cualquiera, Bastianina sentada entre frailejones mientras contemplaba la laguna de Mucubají, vio descender un buitre que venía desde el valle de las guacamayas y el Waraira Repano. El ave dejó caer una pluma negra sobre su hombro izquierdo. Bastianina, que percibía la muerte antes de que ocurriera, supo de inmediato que era una señal inequívoca: solicitaban sus servicios. Sin pensarlo dos veces, partió tras el carroñero, a través de la carretera Transandina, con dirección a la región de la costa-montaña, hasta la ciudad capital.

Cuando por fin, llegó al callejón Sevilla, a la casa de una familia de origen sardo, todavía traía consigo el frío de los páramos. Adentro, en un ambiente cargado de llantos y pesadez, supo que se trataba de un niño moribundo, pero la misión de la mujer de negro era clara: poner fin a la agonía que la ciencia no sabía resolver. Entró sola en la humilde habitación y lo primero que hizo fue observar, por unos segundos, el rostro pálido y aterrado del pequeño. Bastianina, súbitamente, esquivó la mirada y dio inicio al ritual tras sentir un inusual escalofrío en el espinazo. Apartó con las manos temblorosas los juguetes que rodeaban la cama, sin embargo, debajo permanecía olvidada la pelota preferida del infante.

En el momento culminante en que la acabadora se dispuso a cumplir con su cometido, ocurrió lo inesperado. El niño al recibir el golpe en la frente se aferró al alma de la mujer arrastrándola consigo en una extraña comunión de partida. Ambos fallecieron en esa habitación. Cuando los familiares del pequeño entraron a la misma, encontraron aquella desgarradora escena. El impacto y el miedo a las autoridades fueron tales que anularon toda la racionalidad. Esa noche, los cuerpos fueron enterrados bajo el suelo del patio trasero de la vivienda. A los pocos días, la familia huyó, dejando atrás una casa con secretos y el eco de una pelota que siguió rebotando en la penumbra.

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Cuarenta años después, cuando nací en el mismo callejón, aquella mujer se había convertido en una vibración en las paredes. Y a pesar del tiempo y desafiando toda lógica, en la quietud de la noche, mis familiares seguían escuchando el rebote rítmico de una pelota sobre el concreto de la platabanda. Pero para mí, el misterio no estaba solo en el techo sino en los rincones de mi propia habitación.

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