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La Fonda de los Olvidos

Jhonny López 3 min de lectura
La Fonda de los Olvidos

En la planta baja del hotel El Sordo, quedaba La Fonda de los Olvidos, un curioso restorán de culto en aquella Caracas de los años dorados de la década de los 50. Todo se originó aquella tarde cuando Ludwig, el escuchador de voces, siguió las sugerencias de una extraña mujer vestida de enfermera, la cual se encontraba en la misma clínica en donde el petulante doctor Benítez atendía a sus pacientes. La presencia en cuestión, era de gran estatura, con penetrantes ojos rojos y aspecto de polilla. De manera inesperada, ésta se le acercó, invitándolo a abandonar las pastillas que frenaban los delirios y a que se entregara a aceptar su realidad. El ente también lo convidó a adquirir un hostal que reuniera a sus iguales, porque así podían ayudarse entre todos, y antes de desaparecer le profetizó que en un futuro no muy lejano, algunos de ellos serían llamados por las voces del destino para adentrarse en el mar ignoto.

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En cuanto a La Fonda de los Olvidos, y por inverosímil que parezca, todo el personal padecía de alzheimer o algún tipo de demencia. Por tal motivo, era muy común que los sonrientes y amables meseros se equivocaran al entregar los pedidos de las respectivas mesas, si ordenaban un plato de pabellón criollo, traían una paella, si pedían una hamburguesa, se aparecían con un sándwich de clubhouse. No obstante, ante los desaciertos en el servicio, los condescendientes clientes hacían caso omiso y solían perdonarlos, ya que disfrutaban de la singular experiencia, al no saber qué plato sorpresa recibirían. Inclusive, muchas veces ocurría que la cajera olvidaba emitirles sus respectivas facturas de consumo o se equivocaba en los montos, lo cual generaba un ambiente hilarante, colorido y de buena vibra entre los comensales. Además, otro de los atractivos que tenía el local era que abrían de forma esporádica porque a pesar de existía un horario para funcionar, a los trabajadores se les olvidaba el mismo, creándose un cierto morbo e incertidumbre por parte de los clientes que desconocían a qué hora acudir para ingresar y disfrutar de la curiosa fonda.

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Sin embargo, Ludwig como dueño y administrador, nunca le dio mayor importancia a estos desbarajustes, así como tampoco, se planteó la idea de sensibilizar a otros acerca de la demencia, mucho menos, rompió con los prejuicios contra las personas raras, promoviendo la inclusión social… en el fondo, le importaba muy poco lo que diría la gente, él simplemente quería vivir a su manera, andando bajo sus propias reglas de juego. Y así, llegó aquella serena noche de luna llena que presagió la mujer polilla, los escuchadores de voces debían zarpar en aquel barco de locos a través de la quietud de un mar sin brisa, con dirección al norte. Lo cierto fue, que casi todos abordaron la nave, entre ellos, Los Melancólicos, las meretrices enamoradas y los vagabundos, solo los desmemoriados empleados de La Fonda De Los Olvidos no acudieron a la cita con el destino. Tal vez, se debió a que cada uno de ellos, estaba atrapado en su propio limbo, navegando en mares ignotos, igualmente repletos de aventuras adversas y favorables.

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