Lana de Voz

Last and first men

Enrique Pérez Arco 4 min de lectura
Last and first men
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Last and first men

Escuche con atención. Nosotros, los últimos hombres, deseamos comunicarnos con usted. Ahora mismo le hablo desde una época futura, a unos dos mil millones de años terrestres. Los astrónomos han hecho un alarmante descubrimiento, que pone fin rápidamente a la humanidad. Nosotros podemos ayudarle… y necesitamos su ayuda.”

Así comienza la película Last and first men. Su guión seguramente cabe en menos de folio y medio. No obstante, la novela de ciencia ficción de Olaf Stapledon en la que está basado el film tiene unas 300 páginas. Esto quiere decir que la película no cuenta nada. No se propone contar nada. Sin personajes. Sin emociones. Solo la voz de Tilda Swinton, impresionante en su monotonía. La música compuesta por el propio director, Jóhann Jóhannsson, sutil y profunda. Y la cámara moviéndose con bella parsimonia, entre las alucinadas imágenes en blanco y negro de lo que fue llamado alguna vez brutalismo escultórico. Son construcciones excesivas y desmesuradas en la Yugoslavia comunista, como de otro universo, abandonadas por el tiempo y por la luz.

Sin personajes. Sin emociones, queda muy al descubierto la distancia entre los últimos y los primeros hombres, pero quizás también la distancia dentro de uno mismo, y en esa distancia la posibilidad de la escucha, del personaje propio, de las propias emociones. “Nosotros podemos ayudarle… y necesitamos su ayuda”. Es ciencia ficción y es fácil imaginar que después de dos mil millones de años la humanidad ha encontrado la manera de comunicarse con el pasado.

Pero la inmensa distancia recorrida no es mayor que el trayecto que va desde un latido hasta el siguiente. Es lunes y tengo ya preparado un texto para el viernes de la garceta, que continúa con mis obsesiones, con el pulso de las arenas del cuerpo y sus salivas, esta vez a propósito del osteópata norteamericano William Garner Sutherland, quien se empeño en escuchar el latido, el aliento primordial de la vida inscrito en los fluidos del cuerpo. Esa distancia, ese inmenso trayecto, el abarcado por una respiración.

Entiendo el cansancio, pero no sé escribir nada más que de mí. Hablo porque la soledad es de lo poco auténtico que pueda tener, de lo menos impostado. No me refiero a una cuestión emocional, o biográfica. Me refiero a una llamada. No tengo aquí nada que aportar. Llamar fue antes. Del pensamiento, del mensaje. Una llamada podría abrir la posibilidad de la escucha. Si yo supiera llamar.

En la palabra certera de quien pueda abrir una posibilidad para la escucha, quizás comenzará un latido, y una distancia podría ser cruzada. ¿Cuantos millones de años necesitó el universo para que una partícula ínfima en el océano pudiera abrirse, desprenderse de sí misma y quién sabe cómo, surgiera así de alguna forma el primer latido, pudiera ser habitada la distancia de uno hasta el otro instante, hasta la siguiente respiración?¿Cuanto tiempo fue necesario para dividir un rumor o un grito en dos, y se pudiera entonces crear así un ritmo intencionado, articulado, una voz con la que llamar por su nombre a cada cosa?

“Nosotros podemos ayudarle… y necesitamos su ayuda”.

Creo que no se trata de entrar en la distancia… del poema… para recibir un mensaje. Solo la escucha en sí misma puede ser ofrecida. Entre ellos y nosotros, solo la escucha puede permitir que la distancia que nos separa de los que van a venir, de los que quieren venir, pueda ser habitada. Y eso, la escucha, a veces será suficiente, para algunos; para otros, evidentemente, no.

La soledad más allá de las galaxias tendrá dimensiones desmesuradas, devastadoras. Nadie puede imaginar la imposibilidad de la voz. La imposibilidad de llamar y ser escuchado. Nadie puede imaginar el sufrimiento de una existencia consciente, sin voz, hundida en cualquier abismo perdido en el universo, o en los océanos, pero también otros más cercanos, como Gaza, o el desamparo mudo de un niño.

Y de pronto, ocurrió un latido, que escuchaba otro latido cerca, en las playas del planeta perdido. Bajo los crueles diluvios, crecería luego la ferocidad del hambre, atroz. ¿Qué soledad... hundida en las selvas, o en el fondo abismal de los océanos?

“Nosotros podemos ayudarle… y necesitamos su ayuda”.

¿Qué nos tendrán que decir los últimos hombres? ¿Qué mensaje? Quien pueda escribirá las trescientas páginas. Son necesarias. Pero la soledad, no el sentimiento, no la emoción, ni la biografía, sino la soledad más profunda de las arenas, de la materia, solo tiene un mensaje posible, la propia voz. La posibilidad de llamar y de escuchar. La posibilidad de seguir habitando la distancia que los separa, a ellos de nosotros, a los últimos de los primeros hombres. La voz en sí misma, su lana, es un mensaje.

“Nosotros podemos ayudarle… y necesitamos su ayuda”.

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Sutherland ponía sus manos bajo el cráneo y escuchaba también. En lo más profundo, en el resto de soledad abismal, en el resto de los océanos que fluye aún, que quedó encerrado en la espina dorsal… ¿Quién llama?

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