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Magia inversa o desilusión

Aliah Beik 4 min de lectura
Magia inversa o desilusión
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Magia inversa o desilusión

Una cuerda atada al tobillo, que se eleva protegiendo lo que más valoras, para que nadie lo pueda descubrir. Allí arriba, solo atado a ti.

Y otro hilo más fino y otra cuerda y una más. Otro pasado que se infla y se aleja hasta que hace tope. Y cada vez te cuesta más andar ahí abajo porque te pesa lo que te ancla arriba. Tendrás que soltar lastre y bajar algo de lo que ocultas. Lo disfrazarás de mentira.

¿Y qué más da si mientes? Qué podría pasar si un mago dijera que miente y solo fuera una versión de la verdad en forma de ilusión… Magia inversa convertida en espectáculo, confesando mentiras que no lo son. Emocionante, innovador, sorprendente, ¡¡adjetivos!! Éxtasis, éxitos. Al artista se le conceden más privilegios, siempre se le entiende por atrevido, creativo y pensante, y encuentra en los demás esa predisposición a ponerse en el lugar que él les proponga, sea lo que sea.

Así nuestro artista empezaba cada función. Avisaba de que iba a mentir, siempre. Y conforme avanzaba el número, iba salpicando sus historias de verdades, protegido porque nadie debería creerlas después de haberles advertido al inicio de que toda la experiencia se basaba en el engaño. Hizo de la verdad un arte, reconstruyéndola, deconstruyendo, puliendo aquí y allá, como si de esculpir una escultura se tratase. Interpretando, dándole efectos de luz, moldeando cada parte a su conveniencia.

Simplemente pensaba en su show, en la parte oculta, donde él tenía el poder de su propia magia. En cada función se sentía más ligero, porque se iban soltando las cuerdas que conducían a sus pasados flotantes, ya no pesaban una vez lanzadas al público enmascaradas en flores, cintas, conejos, palomas, monedas y cartas que salían de su chistera. O de su manga. O de la cartera del más anónimo de los asistentes que sorprendido provocaba a su vez el coro al unísono de una ovación de asombro de todo el aforo.

Una tarde más, como solía hacer habitualmente, eligió a su voluntario. Esta vez fue un niño subió al escenario mientras sus padres lo grababan todo perdiendo así todo detalle de la ocasión, justo lo contrario a lo que pretendían. Nuestro mago comenzó el número dando instrucciones al niño de la secuencia que iba a acontecer. Pero el niño no se concentraba en las indicaciones, no paraba de mirar al brazo del mago y hacia arriba. En el momento en que todo buen prestidigitador hace la pregunta… No tengo nada en las manos, nada por aquí, nada por allá, ¿así es, verdad? Nada raro. Y el niño respondió tranquilo: Bueno, solo veo esas cuerdas que suben de tu brazo y los globos de ahí arriba.

Lo que nadie había visto hasta entonces había sido descubierto. Sin mediar palabra y sin que nadie lo esperara, el mago improvisó, y todo sucedió como si hubiera estado esperando siempre ese momento. Hizo aparecer unas tijeras tras la oreja izquierda del niño, cortó una de las cuerdas, una que tenía un precioso tesoro brillante y rojo al otro lado en lo alto. Se la ofreció al niño, pidió un aplauso para él y lo despidió. Y ahí mismo, cortó el resto de las cuerdas. Y él, sin decir nada, desapareció. Se volatilizó, o simplemente su materia se perdió. Desde luego, nadie más jamás lo vio.

El público entregado y alucinado, se dejó las palmas rojas de tanto que aplaudió. Pero no salió de otro lugar a sorprenderlos, ni nadie a decir que había acabado la función. Se quedaron unos minutos aplaudiendo, y otros tanto preguntándose entre ellos si eso era todo o no. Desde luego, no hay mejor desaparición que la que es definitiva, aunque sea inquietante que no se desvele que es una ilusión. Solo a alguien se le ocurrió mirar el globo del niño voluntario. Y por alguna razón extraña a ése alguien se le antojó que pincharlo era lo mejor. Y al pincharlo, ¿saben lo que pasó? Del interior cayeron al suelo las ropas de un niño que fue mago y también presa de su propia obsesión por buscar trucos para esconder su propia condición. Pero nadie lo sabría ya, aunque hubiera sido espectacular su desaparición. Al día siguiente, olvidado y adiós.

Vagará por siempre en los teatros, bares, escenarios y cualquier salón, su espíritu en forma de esa intención de cualquiera de los espectadores por buscar esa cuerda, ese hilo, ese error, esa pista que nos lleve a buscar lo que esconde el artista en cuestión, cómo lo hace, de dónde saca ese don. La intención para encontrar la verdad que esconde aunque diga que todo es ficción. Para encontrar la desilusión.

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