Hierve, corta, pela, corta. Sal, poca, más, prueba, quema, ¡ay!
Cuánta concentración, cuántos sonidos, qué difícil conseguir mantener el sabor. La lubina entra en acción, y primero observa todo desde el lado izquierdo, el del ojo que tiene visión. El derecho lo tiene ahora mismo contra el frío acero, qué gustito. No como las manos calientes de ese humano que va a empezar su sección. En la olla grande, la de más borbotón, algo se está agarrando al fondo por falta de removicción. ¿No se dice así? Bastante tiene la lubina con hacerse entender sin tener esa reconfortante presión del agua sobre su aleta dorsal. Densidad, gravedad, profundidad y silencio líquido y azul. Sin esos Pascales y la salazón, cómo va a mantener el sabor, ¡qué obsesión! Pero lo tiene que conseguir, no perder nada, ser su mejor versión.
Ya con los lomos al aire, transformada en Lu, siguió dando órdenes a los cocineros, sintiendo cada olor, cada temperatura, cada corte y susurrando a esos chefs los tiempos, pasos, puntos de sal y de cocción… lo que ellos llaman inspiración. Lu se atrevió a probarse un poco a sí misma, y se dio la aprobación. No es lo que había pensado, pero no estaba mal para el caos que es ser pinche, cocinero, plato principal, caldo y guarnición.
Al llegar al salón, el comensal se sintió contrariado por la mirada cansada de Lu. La percibió como si mostrara dejadez y anticipó su veredicto antes incluso de probar bocado, retirando el plato hacia el centro de la mesa sin tocarla. Mantener el sabor, ser la mejor, y ahora por falta de vida en el ojo, le dejaban ahí plantada como una triste coliflor.
Ella se había esforzado, para ser luego rechazada por un cualquiera, un señor don. Hasta se había desnudado, quitado la raspa para evitar dañarle o causarle cualquier dolor. Aún habiéndose sacrificado e intentado por todos los medios mantener su sabor, se lo pagaban retirándola, despreciada en aquel comedor.
Lo que no saben ustedes es que Lu dejó en tierra firme una triste pero sabía revelación. De cocina en cocina se extendió y se aplica para no experimentar semejante desilusión.
Disfruta de tu proceso, de tu cocina, de tu hervor, porque sólo tú decides si quieres dejar en manos de otros tu éxito o tu decepción, y el consejo de lubina, es que no lo hagas, no. Lo que es posterior a lo que de ti depende, es más suerte que justicia y razón. Así que confía en tu criterio para dar tu mejor ración, la versión de tu sabor, la de tu intención.
La historia llegó a oídos de un marinero, que entendió que era una relación de amor de dos, donde una joven se había desvivido por un señor que la ignoró. Que fue rechazada y arrojada al olvido, sin que jamás fuera un recuerdo en los labios del que podría haber sido su amor. Y en el final del cuento, apostillaba que hay que ser auténtico, mantener nuestro sabor, no esperando la aprobación en la boca ajena de ninguna doña ni don.
Que la vida es tu receta, tu fuego, tiempo y decisión,
y lo que te sale del corazón siempre será tu mejor versión, le guste al resto, o no.