Cada martes, a las ocho, en el árbol grande. Excepto festivos, en cuyo caso la cita se traslada al primer día siguiente no festivo. Era así desde hacía tiempo, ya no era necesario concretar nada, cada cual calculaba el siguiente día para organizar a partir de ahí, el resto de su vida.
Montse, recién jubilada, salía de paseo todos los días, pero sólo los martes se pintaba los labios, para parecer más joven. Carolina y Lorena coincidían más a menudo porque trabajaban en el mismo edificio, pero allí cada una tenía su grupo y apenas interactuaban, y si coincidían en el ascensor podían tener cualquier conversación sin contenido, como con cualquier desconocido. Eso sí, cuando se veían los martes, en el árbol grande, la una le decía a la otra lo favorecedor que era el vestido rojo que llevaba la semana pasada en el trabajo, que le hacía mucho más delgada.
Se conocían de un curso del que habían sido alumnas, ya ni se acordaban de qué fue exactamente el curso, puede que de yoga para principiantes. Al salir del curso, cada martes, se habían acostumbrado a dar un paseo antes de volver a casa, por eso de alargar un poco más esa sensación de disponer del tiempo propio para poder gastarlo en uno mismo. Al acabar el curso, les pareció una buena idea mantener el caminar un rato sin rumbo predefinido, solo por el placer de dar pasos sin prisa que no llevan a ninguna parte. Les pareció arriesgado abrir un grupo de whatsapp, porque tampoco es que se tuvieran tanto afecto. Bien podían esperar una semana en saber las unas de las otras. Un árbol y la farola que las iluminaba fueron testigos de la palabra que sentenciaba el día y hora para las quedadas de aquellas trece mujeres.
Ya en la primera cita acudieron todas, un logro de participación. Nueve más cuatro decía una, para no llamar de la mala suerte la atención. Tras diez minutos de cortesía, el paseo comenzó, y así pasaron los meses, mostrando lo que querían al resto una hora por semana. Hasta que algún día un comentario a una no le gustó, y otro día la religión, el caso es que quedaron tres, las tres en cuestión.
No es que tuvieran más afinidad, solo que así sucedió. Y acudían contentas, casi impacientes, por ver qué contarían y cuál sería la reacción, de esas amigas de martes, en las que proyectaban su imagen, o la que querían que vieran, porque podían mostrar cualquier ficción.
Pasaron dos años, manteniendo la situación, pero Lorena quiso celebrar su cumpleaños con ellas, un jueves, ¡qué aberración! Yo no puedo, yo tampoco, y el silencio varios minutos duró, pero siguieron caminando y ninguna se explicó.
No querían más que un martes, no querían otra relación, pero ahora sentían el reflejo en los ojos de Lorena y su decepción. No estaban preparadas, para semejante proposición. Ninguna faltó en las siguientes citas, porque a todas les parecía que era mala opción, unas porque se notaría que estaban incómodas, y la otra porque no quería que vieran su disgusto interior. Todas siguieron fingiendo con conversaciones típicas de ascensor, con el tiempo, con las fiestas, con el frío y con el calor.
Pero pasado el tiempo prudente de cuatro martes de rigor, primero faltó una. Y luego, las otras dos, pensando todas que el resto acudía, y que ahora el grupo sería dos. De las otras dos.
Y así se inventó un cuento que cuenta muy bien un anciano menor,
sobre los martes y trece, que no son de mala suerte por el número, sí por la jornada,
porque si cae en martes no festivo, y a las ocho te pilla el alba,
y has estado con compañía vana…
A esa hora del martes,
tiene lugar la fase de recuento de vínculos que carecen de alma,
y si no es por una cosa en concreto, será por nada,
se romperán esos lazos.
Que no es malo ni bueno, total, no te llevaba a nada,
que igual profundizar no está mal, para decidir por tu cuenta lo que te dé la gana,
en lugar de esperar que un día de la semana,
un martes cualquiera,
decida reescribir tu vida mientras te salen canas.