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Saragossa

Los Sitios de Zaragoza suena al comienzo del espectáculo y mi cuerpo instintivamente se tensa. El título de la obra es Saragossa y, atendiendo al texto del programa de mano, el peligro de caer en una exaltación rancia de los símbolos patrios me recorre por dentro. Mis miedos, sin embargo, se desvanecen pronto.

Poco a poco los bailarines se desperezan de lo que parece un largo letargo. Comienza así lo que será una coreografía espasmódica de hipnótica belleza. Es cierto que aparecen algunos de esos símbolos patrios (la jota, Labordeta, el cierzo, los fuegos de las fiestas del Pilar, las cintas de la Virgen, las fajas atadas a la cintura…) pero la propuesta escénica logra neutralizar cualquier atisbo de baturrismo. Cinco bailarines en blanco y negro. Seres sufrientes que se estremecen con lirismo. Un fondo limpio que va cambiando de color según el momento. Movimientos contenidos a merced de una música evocadora con aires electrónicos.

El espectador asiste desconcertado, durante los cincuenta minutos que dura el espectáculo, al diálogo de esos cincos cuerpos sin acabar bien de entender, pero sin poder dejar de mirar.  Es evidente que hablan un lenguaje propio, que se comunican entre ellos, pero nosotros, el público, desconocemos el código para descifrarlo. La propuesta, sin embargo, o justo por ello, funciona y emociona.

Crítica de Saragossa, teatro de las esquinas (6 nov 2025)
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