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Hoy hablaremos de cine. Me permito lanzar esta pregunta retórica: y, ¿a quién no le gusta ir el cine? 

Dos películas que les recomiendo: “Belfast” y “Los colores del tiempo”. 

La primera solamente pueden verla en una plataforma que se traduce al español como “red de películas”. La segunda solamente se puede ver en una sala de cine de butacas de terciopelo rojo. Las historias que estas dos películas cuentan son muy distintas, no hay ningún nexo que las une excepto el color y la ausencia del mismo, en contraposición. “Belfast” , dirigida por Kenneth Branagh, cuenta la historia de una familia protestante a finales de los años sesenta en la capital de Irlanda del Norte, al albor de los trágicos disturbios entre protestantes y católicos. El guión gira en torno al menor de los hijos de la familia, Buddy, cuyo personaje está basado en el propio director y en su infancia en Belfast, y es su punto de vista sobre esa tumultuosa época la que nos importa. Buddy no entiende por qué tiene que tomar partido a favor o en contra de sus amigos y vecinos católicos. La película está rodada en blanco y negro, lo cual es un acierto, excepto por una corta escena. En la escena en cuestión unos actores a todo color interpretan una obra de teatro que la familia va a ver durante las vacaciones navideñas, mientras que el público permanece en blanco y negro. Un guiño del director, gran amante del teatro. 

Y por el color enlazamos con la segunda película, “Los colores del tiempo”, dirigida por Cédric Klapisch, que nos cuenta una deliciosa historia ambientada en París y en la campiña normanda. En la trama aparecen personajes históricos reales del París impresionista de finales del siglo XIX como Claude Monet, Félix Nadar, Cézanne, Víctor Hugo o Sara Bernhardt, mezclados con los personajes principales de esta historia ficticia. La trama se desarrolla a partir de rincones del París actual, que los actores pasean, y que en un abrir y cerrar de ojos nos trasladan a esos mismos lugares del Paris de 1895, por medio de flashbacks, que se usan como imprimaciones del París de 2025. Por supuesto, la fotografía es espectacular, el color lo impregna todo. Los detalles para entender la trama son tenues, apenas dibujados como los trazos tan característicos del Impresionismo. 

Y una fruslería: en las primeras escenas de la película aparece una modelo posando para publicitar una campaña de una firma de moda en una de las salas del Museo Nacional de l’Orangerie, donde podemos admirar los bellísimos nenúfares de Monet. La modelo pregunta si se le ve bien delante del cuadro y concluye que no está satisfecha. El fotógrafo propone cambiar el color del vestido, a lo que se le responde que eso es imposible, que si acaso se podía cambiar el color del cuadro. 

Pues eso, queridos oyentes y/o lectores, como decía Ramón de Campoamor: “Todo es según el color del cristal con que se mira”. El cine, como la vida misma.

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