Llovía lento, desde que empezó a terminar. Su pelo y su abrigo recibían el agua. Gota a gota. Cada gota se fundía con ella, rozándola, sin dejarse resbalar. Quedándose a acompañarla. Inmóvil, quieta.
El espejo del asfalto mojado reflejaba su sombra alargada en toda la calle. Gris húmedo y brillante. Entre los edificios, a su espalda una farola y una luna cualquiera de tantas. Sus tacones rojos la sujetaban al suelo con frágil firmeza. Segura. Las gotas que impactaban en el suelo ondulaban extendiéndose, acercándose a ella. Queriendo subirse a sus tobillos y mojarla, dibujando órbitas que se tragaban en silencio los reflejos.
El viento la observaba curioso y giraba a su alrededor modificando su trayectoria, para examinarla. Y se marchaba sin tocarla, solo susurrándole al oído cosas… Demasiadas. El aire se introducía en sus pulmones con delicadeza. Ella sin prisa, no parecía respirar, como si no necesitara oxígeno y el recorrido por su aparato respiratorio fuera solo una visita casual. Del aire. Húmedo.
La sombra de un edificio se le aproximó con cautela y la olió. Se quedó rozando uno de sus anclajes rojos, y no volvió a su sitio, estirándose contra su propia condición de sombra, para poder estar ahí. Tenso. Alargándose contra natura. Irracional. Murmurándole secretos que se mezclaban con la lluvia... Demasiados.
Al sonar el trueno, la punta de su zapato derecho, rojo, se movió. Contando pausada y rítmicamente hasta ocho. Ocho aros concéntricos avanzando hacia el final de la calle. Y entonces la luz ocupó todo el cielo gris marino. Miró hacia arriba con los ojos como la luna nueva. Negros. Levantó su brazo. Y con la mano bien extendida, cogió el rayo con fuerza y tensó su cuerpo para bajar el brazo, y clavar lento el destello eléctrico en el gris asfalto. Abrió una grieta abismal que no se atrevió a hacer ruido, y que se tragó el estruendo y las preguntas. Contenida.
La lluvia se paró, alerta. Quedó cada gota suspendida, paralizada. El aire se escondió. La sombra se encogió. Y ella, cansada, dio media vuelta y fue clavando sus tacones en cada paso bordeando la grieta. Rojo. Negro, gris, marino y brillante mojado. En su avance lento, cada gota en suspensión que se cruzaba con su cuerpo, caía al suelo como un cristal, dibujando un túnel a su paso. Hasta desaparecer al final.
El eco de los pasos rojos solo murmuró. Y desde entonces todo terminó de empezar. Nada ni nadie se atrevió. Túnel, lluvia. Rojo. Negro. Marino. Gris brillante y blanco asustado.
Sólo se sabe que fue. Que las grietas no aparecen sin más.
No ha vuelto ni volverá a llover igual.
Que los vientos preguntan pero no los sabemos escuchar.
Que las sombras esconden su imagen de verdad,
y que si te cuentan algo no sabes si te puedes fiar.
Pero qué más da… cansados todos ya,
El viento ya no susurra ni las sombras murmuran.
Las grietas gritan vacío y el cae agua rápido, sin entretenerse a ver a quién moja.
Sólo se sabe que fue. Sólo se sabe que…
No ha vuelto ni volverá a llover igual.