El público estaba entregado, era el momento más tenso de toda la función. La acotación del guion rezaba así:
Actor Dos (coge la copa que previamente ha aceptado del anfitrión al ofrecerle vino y en silencio la levanta para dedicar un brindis): ¡Salud! (sorbe el primer trago).
Todo el aforo del teatro estaba repleto. Todos desconocidos, unidos a su acompañante a un lado en el mejor de los casos, y al otro lado compartiendo reposabrazos con alguien a quien no mirarían a los ojos en toda la función. Sólo verían sus piernas de reojo, como mucho sus manos.
Sólo ese público, solo ellos eran conscientes de la trama que había hecho que esa copa estuviera envenenada. Enmudecerían. Y así fue.
Testigos de la fatalidad, nadie respiró, dejando que el actor Dos bebiera. El silencio se comió al propio silencio y Dos cayó al suelo inmóvil. Al caer, debía asegurarse de romper la copa para que estallara bien fuerte contra el suelo.
El sonido del impacto del cristal era lo único que hacía que unos pocos soltaran un suspiro de sorpresa y susto, como si eso por hacer más ruido, fuera más importante que la muerte de Dos.
Segundos después, bajaría el telón.
Cada uno de los asistentes dejó su butaca y se dirigió a la salida. Cada asiento dio por bueno el final. Fingiendo no poder evitarlo. Y el actor Dos se limitó como cada día a ver que nadie haría nada. Y se alejó. Con el sabor a siempre, con los matices tristes de aquel último trago, que se repetiría en cada función. Siempre yo. Siempre Dos.
En su casa, rompió todas las copas, se asustó fingidamente sin mucho esfuerzo, de ahí su profesión de actor. No obtuvo el resultado esperado, porque no había ningún espectador. Nada había tapado el ruido de cristales atronador.
Se dispuso a poner en práctica el experimento en distintos lugares, buscando una nueva situación. Empezó por restaurantes, si alguna mesa hacía más ruido de lo normal, él tiraba una copa y el cristal hecho añicos hacía cambiar de repente el foco de atención. Era el cristal al romperse, tenía un poder de cambio de atención, nadie podía evitar atenderlo, provocaba una interrupción. Y tras ese parón, la acción se retomaba desde otro punto, porque era diferente el arranque de la percepción.
A otros lugares llevaba pequeños objetos de cristal que poder estampar contra el suelo para que el estallido hiciera la magia de la cambia-acción. ¿Era curiosidad? ¿qué poder ejercía para prestarle semejante atención?
Estuvo dándole vueltas, y en la actuación número 150 x 2, hizo lo mismo de siempre, cayó, rompió la copa, y el telón descendió. Y en cuanto éste rozó el suelo, lanzó otro cristal que en el silencio del público, resonó más que un disparo de cañón.
Nadie se levantó de sus butacas. Seguían mudos pero por una vez no se conformaban con haberlo visto caer, querían una explicación.
Al siguiente día en los periódicos la crítica alababa el final, ¡qué expectación!, la obra se cierra en abierto, a pensar qué pasó. Y había sido solo un experimento, un cristal y un actor Dos, que seguía tendido en el suelo. La curiosidad no le salvó. Sólo cambiaron la indiferencia por una pregunta, ¿Quién más cayó?