(\"Sirat - mi poema\" es un texto escrito recién estrenada la película. Recrea mi propia experiencia al verla, pero no consideré conveniente publicarlo entonces. Lo hago ahora, cuando el dolor de Gaza, como el grito del insecto hundido junto al corazón, devino inaudible.)
La Rambla de Barranchina en medio de Teruel puede ser Marruecos. Y el corazón frente al paisaje resolviéndose en sonido.. bum bum bum bum... bajo la silenciosa montaña…bum bum bum bum... puede ser la boca claveteada en el bafle del extravío… bum bum bum bum... el corazón suena de manera semejante a cualquier guerra... nuestra, embebida por la pantallita del desayuno, domesticada...
Es el cine, donde quien más quién menos seremos conducidos bajo danza o signo de docilidad… Yo reconozco en mi gesto que retrocede en la butaca la prevención exquisita, el dulzor de la uva, el juicio bien medido, expectante. Y de esta u otra forma, todos beberemos el cordel de los mansos… y todas cursaremos la suficiente historia de los entretenidos…
Es el cine, justo hasta que Oliver Laxe nos engaña a destiempo y corta el hilo… y corta su consiguiente inquietud aventurera, la de los entretenidos; lo corta sin contemplación ni previo aviso, sin tiempo siquiera para aceptar las cukis y la política de privacidad que requiere una experiencia bien europea.
Y entonces la guerra estalla, en la propia sala, en el propio continente o país, en el corazón propio, engañado por la boca negra y claveteada de la butaca delantera como un bafle donde... bum bum bum bum... suena el interior de la tierra.
La sutil izquierda, la izquierda académica y entrenada en la modernidad, a la que di crédito antes de ver la película, se queja de la crueldad inútil sin entender que hace ya mucho tiempo que este es otro momento del mundo, sin posibilidad, sin elección, sin argumento o puente teórico por donde cruzar a salvo.
No solamente Gaza ha ocurrido. Gaza ha ocurrido con nosotros dentro. La derrota no es ya un horizonte que se pueda evitar para poner otro objetivo. Gaza es nuestra respiración.
Estamos cada cual dentro de la pantalla. Y este interior de la pantalla es el único lado.
El lado del pavor por donde el tren del tiempo nunca avanza porque no hay destino.
No ha más remedio callar juntos abrazando con la mirada cada piel tatuada enfrente y cada rostro de piedra esculpida. Como desde una montaña inamovible, con el mismo dolor la mirada se despega de sí misma cuando suelta el pensamiento hundido, aturdido entre las cenizas de la identidad.
El tren mira, el tren nunca ansía la búsqueda, ni añora las fronteras, solamente mira, permanece a medio camino, sostenido afuera por un centro que es a la vez que afuera, interior… o corazón... bum bum bum bum. La montaña o corazón suena en la mirada que se desprende.