Lana de Voz

Veinte años

Enrique Pérez Arco 3 min de lectura
Veinte años
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Veinte años

Incluido impulso en la claridad. Como aleteo de luz. O temblor imbuido de estructura, materna, material… Un camino te abre el bosque de la carne, y buscas una salida.

Luz luciérnaga… naces por entre las hojas al trazo de vivir.

Te sostiene la estructura. Respiras umbilical tú en ella. Y ella respira sobre ti muy despacio. Así es la biología, deslizándose. Hay sombras que esparcen el bosque entre las venas de otro cuerpo. Y allí te acurrucas. Reciente y lácteo.

Has nacido.

A la familia, que terminará apretando tus costados, como se aprieta la montura de un buey. Hay un flanco de blandura donde el vivir, mientras se expande, se termina, como la chispa láctea o el camino de las estrellas se apaga encima de la carne. Y buscarás entonces un estado sólido. Un país es un mundo construido, dócil como el buey. Y como el buey produce conocimiento y propiedades. Lleno está de surcos y de aulas, pupitres, tractores y oficinas abiertas hacia el borde más protegido. Todo ocurre de manera razonable…a partir de los veinte años. 

Esto es lo que ha dado en llamarse una estructura, carnal, o vegetal, o estatal… da igual, finalmente será macroeconómica. El lenguaje, niño de mi pasado, lo tienes mordido en el costado del expediente académico, cerca del ángulo izquierdo del televisor.

¿No sientes cómo te aprieta la cincha?

Las palabras parecían dulces cuando aprendías a decir “te quiero” en la umbría escondida de la Alhambra. Aquel balbuceo bajo el sonido de las fuentes, sin árabes, bajo el árbol, era entonces parte del otro milenio…el de los árabes enamorados bajo la copa, la del vino.

Pero cedes. Has cedido desde muy pronto, niño de mi pasado. Y estás a punto como la uva de septiembre.

Ven a esta voz que se rompe en la garganta negra cuando amaneces dentro de mí.

Mi amistad no te necesita para nada, hijo de mi pasado. No te exige la existencia ni la productividad. No hay beneficio ni plusvalía que yo te pueda donar desde el futuro. Ni tampoco propiedades registradas. Tú, en el altar de los veinte años, nunca me vas a ofrecer el éxito. No lo admito. Ni siquiera imagino tu felicidad aromática ni probaré el dulce de natillas al final de la boda. Seremos trágicos en la alegría. Amanecerá una playa negra encima de nuestra almohada. Y en la garganta la voz rota del arroyo abrirá el  granado de par en par.

El don es la luciérnaga que se escurre entre las hojas de las venas.  Cuando sale el sol, saltan chispas de la vida. Y el trigo se escurre entre dedos pronunciados sin ninguna utilidad. Un susurro con frío se derrama sobre otra carne vecina del cansancio. Anochece en el último hotel de la acera. Y surco a surco, como la edad en los rostros, va prendiendo la luz en las naranjas y la sombra en los azules. Hay lomas sin milenio ni futuro que nunca vamos a alcanzar. Ven a las palabras destruidas. Bajo las ventanas está todo el mediodía gastado como el vino de la Alhambra. Ven sin esperanza a la última carretera. Acurrúcate aquí, reciente y lácteo otra vez. Como al principio de tus días. Pero al fin sin expectativa. Y extiende mi sombra, esta que pronuncio muy despacio, muy cerca de tu vejez, cálida, negra. Ahora tengo veinte años.

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