Habilidades tenemos todos. Yo tengo una especial, hasta ahora totalmente inútil, porque uno normalmente intenta vivir bien, y es esa la preocupación, mientras podamos, vivamos lo más y mejor posible. Aconsejo a todos concentrarse en esos pensamientos.
Casualidad o no, soy una de esas personas a las que saliendo un día por la mañana a trabajar, le cayó una maceta en la cabeza. Cuántas veces se usará esa expresión para argumentar que algo es poco probable. Esa o la de que te caiga un rayo, ahí andan las dos.
Yo que me ponía nervioso cuando la rutina se desmoronaba por un imprevisto. Una avería del coche, un dolor de muelas, imprevistos que no avisan porque si no, nadie se quedaría a recibirlos. Pero ahora me río yo de los imprevistos, qué poca cosa son y qué trágicos nos pueden parecer.
Lo mío, lo de la maceta, eso no estaba previsto, pero pasa a la categoría de accidente, infortunio, una mala suerte y un si hubiera salido un minuto antes o si hubiera ido por otro camino, una tragedia a la que no se le puede quitar ni un punto en la escala de la gravedad.
Ahí, tendido en el suelo, viendo como mi alma abandonaba mis huesos, es cuando pude usar mi desconocida habilidad. Y es que habiendo perdido ya contacto con mi cuerpo, vi que podía volver a él. Curioso… Probé unas cuantas veces para asegurarme a través del diagnóstico médico de que efectivamente me daban por muerto y por vivo a intervalos que yo mismo distanciaba para comprobar que tenía el control.
Definitivamente no vi ventajas a quedarme en el otro lado en mi corta experiencia, así que me aferré de nuevo a mi piel, y seguí con mi vida.
Cuando ocurren estas cosas, no terminas de saber si todo ha sido o no un sueño, algo que has imaginado, así que seguí disfrutando, aburriéndome, trabajando, quejándome de lo de siempre y obviando el descubrimiento de mi no vida.
Al cabo de unos meses, tuve un nuevo y fatídico episodio de muerte. No me acuerdo ni cómo fue, debe ser verdad que se guarda un recuerdo más vívido de la primera vez. De cualquier primera vez. Y volvió a suceder. Me iba y volvía a mi antojo. Tenía esa facilidad, esa gracia para morir y vivir. Esa destreza de pervivir o extinguirse, esa soltura. Ese arte.
Cierto es que ya perdiendo la cuenta de los percances que me ponían en esa situación de practicar mi aptitud, decidí no esconderme, dármelas de superdotado en la primera ocasión que me expusiera a varios percances cercanos. Así es como salté a la prensa con el famoso titular: “Vuelve a morir por tercera vez consecutiva”.
Pero nadie lo cree del todo ni en parte, mi destreza no se valora, se cree milagrosa, así que sigo viviendo como siempre, asintiendo cuando la gente me dice que he vuelto a nacer. Si si… si tú supieras… estoy empezando a ver que esta competencia con la que cuento, realmente me hace tener una impotencia clara para concluir mi propio yo. ¿Toda habilidad llevará asociada una invalidez?
Sin más me dispongo a despedirme, aunque eso no es lo mío, no puedo agotar mi ser, extinguirlo, apagarlo, palmar, cascar, espichar, marchar, perecer.
Me retiro con un hasta el olvido. A mí, me toca estar vivo.
Una suerte con un castigo. Vivo consecutivo.
No me quejo, solo lo digo.