Palabras que te dicen, palabras que te dices, voces que gritan, voces que ponen voces y asustan.
Palabras que no se entienden, a ritmo despiadadamente lento. Bien vocalizadas. Solo bocas grandes con dientes blancos y amarillos, que surgen del fondo oscuro y captan toda tu atención. Que se detienen varios segundos en cada cambio de posición de los labios, de la lengua, fraseando a cámara lenta. Entrecierra los ojos, concéntrate. Da igual, no conoces ese sonido. Podrías reproducirlo, pero eres bien consciente de que no lo comprendes, pero imaginas la intención, y el frío que produce.
Sonidos que se unen a los movimientos, amplificando la sensación de realidad. Una puerta se abre, chirría. Se cierra y chirría aún más y golpea fuerte al marco para recordarle chulesca que él no tiene voz, ni sonido. Una hoja se cae, golpea el suelo y retumba en tu pisada. Un libro que pasa la página y suena a puerta que se abre tras llevar cerrada un año… y medio. Y miedo.
Declaraciones que te haces, confesiones de pensamientos escondidos, secretos que te cuentas y olvidas, para que no puedan salir.
Acusaciones airadas, reproches que no vienen a cuento y te señalan, amenazas que te haces, premoniciones que te impones y te convences, aunque no se puedan cumplir. Porque todo puede ser en la cabeza. Reprimido el derecho a pensar fuera lo que piensas dentro de ti. Por pudor, por vergüenza, por creerse incomprendido. Todos igual, cada cual pensando que viaja solo.
Y así llegó Darío a la convicción de que debía acallar todo eso, y como quien da la vuelta a la ropa al meterla a la lavadora, se dio la vuelta a la piel para dejar expuesto lo del revés. Esas voces, palabras, sonidos, acusaciones y declaraciones quedaron fuera, ya no volverían a invadir su limitado espacio corporal interno, donde el silencio y el ruido se oyen igual de claros. Donde nada se puede bajar de volumen. Donde has de enfrentarte a lo que venga porque solo tú lo puedes sacar de ahí.
Todo aquello que antes se repartía por sus sentidos y sus vísceras y le hacía conocerse para bien y para mal, se perdió en el aire, donde nadie lo reconoció ni lo interpretó. Pocas horas tardó en dejarse llevar hacia arriba como un globo de helio invisible.
Darío siguió con su vida, haciéndola por pura programación,
tantos años llevaba consigo mismo que sabía lo que tenía que hacer en cada momento a la perfección.
Como cualquier inteligencia, artificial o no, podía seguir incluso creando a partir de lo que ya había vivido hasta el momento,
solo que ahora nada le hacía preguntarse nada, ni tener emoción, ni nada más allá por dentro.
Sabía sonreír, mentir, llorar, cantar y sufrir porque ya lo había latido en su pecho,
pero ya no sabía ni hacerse la pregunta de por qué lo había hecho.
Y lo malo o bueno, no crean que era eso,
sino que ya no podría saber si lo que había conseguido era lo que quería en comienzo.
Porque no volvería a hablarse desde dentro, no se oiría a sí mismo aunque todo estuviera en silencio.
No sabría lo que piensa, no sabría si lo que suponía satisfecho, valía aquel alto precio.
Dejar de oír tu voz. Dejar de oír su eco.