Cuando tenía 7 años, mis padres decidieron que ya era hora de jubilar el viejo opel kadett. Una mediodiada de buena solana, salí con mi abuela a la puerta de casa y por ahí llegaban ellos, en su nuevo y flamante Opel Omega, el cuál aparcaron en la puerta para que pudiésemos admirarlo mientras a mi padre se le escapaba esa media sonrisa del que sabe que está fardando. Era largo como un cercanías y, así como hay cosas que luego creces y te parecen más pequeñas que cuando eras niño, el Omega no, fue y será siempre un barco, allá donde esté y que en paz descanse, pues de esta anécdota va a hacer 25 años, y el Omega, aunque estuvo cerca de cumplirlos, se jubiló antes con honores.
Fue durante mucho tiempo el coche de las grandes noches. En él hacíamos los largos viajes vacacionales y acudíamos a los eventos de más alto copete. No se cogía el Omega para ir a la panadería de la calle mayor, no, mínimo para ir al Híper.
En aquellos tiempos uno podía fantasear con que lo conducía y montarse sus pelis, pero nunca podría llegar a imaginar aquel niño que acabaría siendo, eso sí, algo más derrotado, aunque siempre imponente, el coche que conduciría en el día a día. Efectivamente, los años pasaron, el Omega fue perdiendo exclusividad conforme mi padre le perdía el miedo a que se rayase, y al final se convirtió, durante una larga temporada, hasta su triste jubilación, en mi vehículo personal.
El omega iba con cintas de casete, supongo que mis padres, cuando lo compraron, pensaron que era un sistema infalible al que aún le quedaba futuro por delante y que no merecía la pena invertir en esa chorrada del CD. Viendo cómo luego las plataformas musicales de streaming les comieron el la tostada, tampoco afirmaré que se equivocaron, simplemente, haciendo analogía con una serie, diré que se saltaron una temporada.
Las cintas de casette son un formato mítico, pero poco práctico. No apetecía grabar en ellas, y aunque te apeteciese, el mundo giraba y cada vez te lo ponía más difícil para encontrar un sistema donde hacerlo, esto llevó a que las cintas que había en el coche y que iban sucumbiendo al paso del tiempo, no se repusieran, y cada vez quedasen menos de su especie, hasta el punto de que quedó sólo una cinta. Supongo que la mejor cinta del mundo, ya no a nivel musical, que se podría discutir, pero sí a nivel puramente físico, pues mi padre sostenía que la compró cuando hizo la mili en Tarifa, y la muy hija de puta ahí seguía, burlando a la muerte y funcionando como el primer día. De haber una catástrofe nuclear que arrasase la tierra, sólo sobrevivirían las cucarachas y esa cinta. ¿Y qué cinta era? Pues era el álbum debut del icónico grupo Dire Straits: Dire Straits.
No me he trabado, es que el álbum debut de Dire Straits se llama Dire Straits, esto es algo que hacen los artistas muchas veces, por ejemplo, y sin ánimo de compararlos, el primer álbum de El Canto del Loco también se llama El Canto del Loco, y bueno, no es gran cosa, la verdad, pero al menos Dani Martín iba menos trasnochado que en su actual crisis de los 50.
Bueno, a lo que vamos, Dire Straits. En mi vida hay mucha música que he descubierto por mí mismo, pero desde luego hay dos artistas que he petado por culpa de mis padres. Sabina, consecuencia de las partidas al Solitario de mi madre con el mencionado artista de fondo, y Dire Straits, evidentemente, por mi padre.
Hubo una temporada de mi vida, más bohemia, que me fui a vivir a Madrid. Bueno eso es lo que digo, vivir vivía en Getafe, que es más barato (poco) y no suena tan chic, pero bueno, Madrid al fin y al cabo. Ahí, lejos de todos, descubrí que las raíces con los míos y mi tierra eran más fuertes de lo que hasta entonces creía, y cada vez que podía me escapaba con cualquier excusa camino de Remolinos. ¿Cómo? En el Omega, ¿Escuchando qué? Pues obviamente, y dado que la radio tampoco tenía mucha pitera: Dire Straits.
Bah, nada, una locura ya el inicio del álbum, y eso que ni siquiera es el mejor tema y que el bueno de Mark Knopfler, cantante del grupo, parecía que tenía el ánimo del funcionario que lleva 40 años en la ventanilla de recaudación, pero supongo que la magia también residía en ese desdén. Le podía dar unas 3 vueltas y media al álbum en cada viaje Getafe-Remolinos, y otras tantas en el de vuelta. Me sabía el orden de las canciones de memoria, la letra no tanto, que mi fracaso escolar no me proporcionó un inglés de Cambridge, pero bueno chapurreaba lo que cazaba
En fin, música muy de carretera, que yo peté en la carretera y, con total seguridad, y esto es algo curioso de decir para alguien que se erige adalid de la electrónica, el álbum que más he escuchado en toda mi vida. Dire Straits siempre me recordará al Omega, a mi padre y a Madrid, así que, de alguna forma, ese álbum que salió 15 años antes de que yo naciese, siempre formará parte de mí.