Hay flores que no necesitan vivos colores o delicados perfumes para enamorar. La flor de nieve, o edelweiss, es una de ellas. En esta parte del Pirineo la conocemos como flor de nieu, y su sola mención evoca montañas altas, blancos picos y ese respeto silencioso que inspiran las cosas frágiles y bellas.
No es una flor que encontremos en los jardines y los prados por los que salimos a pasear cada día; a la flor de nieve hay que ir a buscarla. Crece donde el viento corta la piel, donde el suelo es escaso y la vida se abre paso con esfuerzo. Durante mucho tiempo eso la convirtió en símbolo de valentía, de amor probado y de vínculo profundo con la montaña.
Desde hace siglos ha inspirado canciones y leyendas, hasta el grupo Val d’Echo le dedicó uno de sus discos. Tanto en el Pirineo como en los Alpes, no es difícil encontrar algún hotel, bar, tienda y hasta remontes de pistas de esquí que se llamen así. Las tiendas de recuerdos están abarrotadas de objetos con su forma o su foto. Muchos ejércitos europeos la representan en insignias y parches para sus tropas de montaña. Austria la considera su flor nacional y podemos encontrarla en algunas de sus monedas. Así de admirada es.
Su nombre científico, Leontopodium alpinum, ya nos dice muchas cosas: león y pie, como si sus raíces fueran garras que le permitieran aferrarse a la desnuda roca alpina. El otro nombre por el que se la conoce, Edelweiss, viene del alemán, y significa “blanco noble”. No se puede definir mejor.
Al igual que otras plantas que ya hemos conocido, pertenece a la familia de las Asteráceas, o compuestas y lo que solemos llamar “flor” es en realidad un conjunto de pequeñas flores rodeadas de unas hojas blanquecinas y vellosas que le dan un aspecto de estrellita de peluche. Este vello no es un mero adorno, sino que la protege del frío, del viento y del sol intenso, gracias a lo cual, puede aguantar las condiciones climáticas más adversas.
Se suele ver en pequeños grupos, como pequeñas constelaciones de estrellas blancas. En España se encuentra muy localizada en el Pirineo, en pastos de alta montaña, canchales y zonas rocosas, generalmente por encima de los 1.500 - 1.800 metros, aunque en algunas zonas se puede encontrar a cotas más bajas.

A diferencia de otras plantas que hemos comentado en ocasiones anteriores, en España la flor de nieve no ha tenido un uso popular extendido en la alimentación ni en la medicina tradicional. No porque no tenga ninguna propiedad, sino por algo más sencillo: era rara y nada fácil de recolectar, puesto que no estaba en la puerta de casa.
En otras regiones alpinas de Europa sí se documentaron algunas propiedades medicinales para dolencias leves, sobre todo preparada en infusión, pero su valor ha sido más simbólico que práctico. Se recogía (cuando se recogía) como prueba de amor o de valor, no para abastecer botiquines. Después se arrancaba como mero recuerdo.

Con el tiempo, esa excesiva recolección la puso en peligro y hoy en día está protegida. Ya no se arranca: se admira, se fotografía si se quiere y se la deja vivir en paz. También eso forma parte de la cultura.
Como no podía ser de otra manera, existen multitud de leyendas que tienen como protagonista a este símbolo de las montañas. Casi todas hablan de amores difíciles y de pruebas de valor. Os voy a contar una de ellas.
Hace mucho, mucho tiempo una estrella se enamoró de la Tierra. Noche tras noche, la estrella se acercaba a la Tierra, para poder verla desde más cerca. Tanto bajó que un día se topó con la cumbre de una alta montaña, donde el frío era eterno. Casi no podía moverse, pero no le importó, porque así podía estar cerca de su amada Tierra sin apenas molestarla. Y allí se quedó, convertida en flor, para no marcharse nunca.

Hoy, la flor de nieve sigue creciendo en lo alto de las montañas. Cuando la nieve se retira, ella se asoma sin hacer ningún ruido. No busca miradas ni aplausos, simplemente está allí, blanca y discreta, ajena a todo lo que inspira.
Cada vez que alguien pronuncia su nombre no habla únicamente de una planta, sino de blancas cumbres, de valientes gestas hacia lo alto, de amores difíciles, de respeto y de ese vínculo antiguo entre las personas y los lugares que las cobijan. De una pequeña estrella que la montaña quiso guardar.

Música
Canción de navidad, Grupo Folklórico "Alto Aragón".
Flor de Nieu, Val d'Echo.