Comenzamos una segunda etapa con artículos dedicados a la Mitología grecorromana, que es, junto con el pensamiento judeo-cristiano, fuente de la cultura occidental europea. Con los artículos contribuiremos a su divulgación y conocimiento.
Multiplicidad de ciudades-estados y elementos del panhelenismo
Los griegos de la antigüedad nunca formaron un estado territorial amplio, como los actuales, pues pensaban que esta creación política y administrativa era ajena a su civilización y específica de los pueblos bárbaros. De hecho, Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno, invadirá las ciudades-estado griegas y las incorporará a su imperio en el año 337 a. C. Pero las poleis de la Hélade florecieron siglos antes y eran estados independientes.
Ante la diversidad política y territorial, la religión, la mitología y la lengua eran el tronco común y cohesionador de todos los estados de la Hélade en una misma y única civilización panhelénica. Y a dichos elementos cabe añadir otros, difundidos por filósofos o derivados de la misma mitología, que ayudaron a estrechar más los lazos de unión. Entre estos, destaca la amistad o philía (φιλία); la búsqueda de la unidad espiritual o hénosis (ἕνωσις); la protección a los extranjeros o proxenía (προξενία) y las conexiones de las poleis para un fin común, o isopoliteia (ἰσοπολιτεία).
Aristóteles enseñó la importancia de la philía: el amor, la inclinación, la afinidad, atracción o afecto hacia una persona, objeto, idea, actividad o situación específica, era imprescindible para desarrollar una vida interior plena y equilibrada emocionalmente, y para la convivencia en la sociedad, dado el carácter social del ser humano como animal que habita en la polis (ζῷον πoλιτικόν: zoon politikón).
Plotino defenderá la idea del Bien como ordenadora (demiurgo) o inteligencia suprema (nous) con la que se identifican las personas en su pensar y actuar (hénosis), elemento, por tanto, imprescindible en la vida societaria. Todos los individuos, en tanto que múltiples microcosmos, participan de ese macrocosmos que es la idea del Bien.
La asistencia, cobijo y protección a los extranjeros (proxenia) es una característica del proxenos (πρό-ξενος) o cónsul, es decir, del representante de la ciudad-estado que proporcionaba información, acogía y alojaba al extranjero, huésped o comerciante que se establecía en la ciudad. El mundo griego se caracterizó siempre por la hospitalidad y acogida privadas o xenía (ξενία) como a los visitantes desconocidos o filoxenía (ϕιλο-ξενία), al dudar si estos eran seres humanos o dioses, dado el carácter teándrico de estos y la posibilidad de que un trato inadecuado a una divinidad irreconocible como tal fuera correspondida con un castigo. La hospitalidad era concebida como un contrato sagrado.
La isopoliteía o igualdad de los ciudadanos procedía de los pactos suscritos por varias ciudades-estados, según los cuales concedía derechos equivalentes en las mismas a los naturales y extranjeros, principalmente la ciudadanía (Πολιτεία), aunque había que solicitarla. Entre los derechos, se reconocía la posesión de tierra o casa a los extranjeros (enktesis tes ges kai tes oikías; ἔγκτησις τῆς γῆς καὶ τῆς οἰκίας). También eran iguales a la hora de contribuir con los impuestos o isoteleía (ἰσοτέλεια). Cuando los acuerdos adoptados eran comunes a varias ciudades, estas formaban las ligas, si bien cada una de aquellas conservaba su independencia.
Mitología y culto.
La religión griega, unida a la cultura, es considerada como legado importante y elemento definidor del panhelenismo. Por eso se enseñará a los niños en las escuelas siguiendo los textos de Homero, Hesíodo y los grandes tragediógrafos. De ello ya escribimos en alguna ocasión. Ahora toca dedicarnos a los aspectos rituales que definen el culto religioso, que puede ser privado, realizado en cada hogar y en el que participa toda la familia, entendida en sentido amplio; y público, en el que cada ciudad tributa un reconocimiento oficial a sus dioses, además del culto panhelénico en determinados santuarios, donde muchas ciudades griegas rendían culto al dios común allí ubicado.
El griego creía en la existencia de multiplicidad de dioses al igual que creía en las fuerzas de la naturaleza. Es más, los mismos dioses controlaban a estas e incluso ellos mismos podían aparecerse en forma antrópica. De hecho, tenían las mismas virtudes y defectos de los humanos. El griego creyente debía tener buena fe (pistis; Πίστις) ser piadoso (eusebes; εὐσεβής), que consistía en cumplir escrupulosamente los rituales del culto, observar los preceptos establecidos en la Ley y recordar a los muertos de la familia. Con estas prácticas, la religión contribuye a dar estabilidad al sistema social y a reproducirlo en las siguientes generaciones de jóvenes, para quienes tener fe y observar los preceptos cultuales convierten a los dioses en propicios para sus personas, familias, empresas o proyectos. Los individuos son recompensados con la felicidad (eudaimonía; εὐδαιμονία) y la buena suerte, éxito o prosperidad (eutujía; Εὐτυχία). El culto se concibe como una condición o contrato previo de las personas con los dioses según el principio romano del “do ut des”: doy para que me des; te lo doy para que me lo devuelvas. Es una especie de pacto psicológico y subrepticio de conseguir o “comprar” la voluntad del dios a quien se invoca.
Vamos a destacar varias formas de culto.
1.- La plegaria u oración.
Antes de comenzarla, el oficiante debe purificarse con la ablución de sus manos, con las que invocará a los dioses. De esta forma el agua se convierte en regeneradora espiritual de la persona y la posibilita para dirigirse a la divinidad. Antes de lavarse, debe santificar el agua sumergiendo un tizón. De esta forma, en el ritual participan los cuatro elementos de la naturaleza los que Empédocles afirmaba eran el origen del mundo (tierra -de la que procede el tizón-, fuego, aire y agua), unidos por la fuerza del amor (también podrían unirse por el odio, si la plegaria se dirigía para imprecar una maldición).
Purificado, el sacerdote y los acólitos se dirigen al altar (Bomós; βωμός) vestido con una túnica corta o larga (chitón; χιτών) según el lugar geográfico y un manto (himatión; ἱμάτιον), sujeto por una fíbula o hebilla, ceñido con un cinturón y coronado de guirnaldas. Se impone el silencio (sigué: σιγή) a los participantes porque el acto que se va a realizar es sagrado (ieron; ἱερόν) y requiere respeto y contemplación; y se dirige al dios con las palabras que requiere el ritual, honrándole (eufemía; Εὐφημία) y levantando hacia el cielo una mano o las dos. El culto se realiza en un espacio adosado al templo, a la vista de todos, porque solamente acceden solo los sacerdotes a él, ya que el templo es morada del dios.

La oración (eukhé; ευχή) es una invocación o petición a la divinidad, reconociéndola como tal y en la que se incluye la enumeración de las ofrendas que en otras ocasiones hizo quien suplica, los favores que le concedió, la nueva petición y la promesa o voto a que se compromete el oferente en el caso de conseguir el favor solicitado, aunque esto último no siempre está expresamente formulado en todas las plegarias. Normalmente, estas tienen carácter propiciatorio positivo, pero en otros casos, poseen notas sombrías (skia; σκιά) y se dirige al dios o diosa para alejar a alguien (do ut abeas), castigarlo (do ut animadvertas), infligirle daño (do ut noceas) destruir totalmente su suerte (do ut deleas) o desearle la muerte (do ut moriaris). En este caso es una oración de maldición (ará; ἀρά), que se dirige a los dioses infernales, subterráneos o ctónicos. Para ello, el sacerdote se sienta sobre el suelo o coloca sus manos sobre la tierra y da sobre ella sucesivos golpes para despertarlos y que atiendan su invocación.
La plegaria queda así rodeada de un halo de misterio, magia y tabú.
2.- Ofrendas
Pueden ser espontáneas, como la de un habitante de una pequeña aldea que deja unas flores en el exterior de un templo; en otros casos, las ofrendas están establecidas, como las libaciones, los exvotos o los tesoros. En el primer caso, la libación (spondé; σπονδή) consiste en el derramamiento de vino sobre una ofrenda que posteriormente los presentes van a degustar. Se realiza tres veces al día, coincidiendo con los tres momentos en la vida de las personas: al levantarse (inicio del día y comienzo del trabajo), en la cena (fin de la jornada laboral) y antes de acostarse (llegada de la noche). Pero las libaciones más famosas se relacionan con los sacrificios, en cuyo caso el vino no se consume.
La ofrenda es la consecuencia de una acción de gracias por el favor recibido; en otros casos, una petición previa a la realización de un viaje, la firma de un contrato o un tratado entre ciudades (spondé también significa pacto, tratado) para obtener la benignidad del dios. Se entregaba a los sacerdotes, que las depositan en el interior del templo, donde se encuentra la estatua del dios o diosa (naos; ναός) o en una habitación contigua que se construirá posteriormente para este fin (opistodomos; ὀπισθό-δομος) y cuyo espacio también estaba prohibido (adyton; ἄδυτον) para los fieles.
En relación con las ofrendas, aunque extensivos a las otras formas de culto, se encuentra el Peán (paián παιάν), un canto mágico que, según Homero, se entonaba para invocar al dios en las desgracias. En la Iliada, al castigar a los griegos que se dirigían a Troya con la peste, Apolo es invocado con peanes. Y Sófocles también cita a una muchedumbre que se dirige al dios con lamentos, incienso y peanes. También se entonó el peán tras la victoria en una batalla, convirtiéndose definitivamente en el himno de Apolo, por ser éste quien venció en la lucha a la serpiente Pitón. Así lo indica Jenofonte, en el siglo IV a. C., cuando distingue dos tipos de peanes: el previo a la batalla en honor del dios de la guerra Ares y el posterior en acción de gracias a Febo-Apolo.

3.- Exvotos
Donación de objetos preciosos por parte de ciudadanos y de las ciudades victoriosas en la guerra. Llegaron a ser tan numerosos que la Liga de Delos concentró en dicha isla un gran tesoro procedente de las ciudades que la componían y que aportaban un dinero para que fuera efectivo ante los ojos de Apolo. Y en el caso de que los persas volvieran a conquistar el territorio, tener medios económicos suficientes para equipar naves y soldados que los combatieran. Precisamente las monedas y las joyas (tesoro) se albergaron en templos construidos a tal efecto y que también se llaman tesoros (thesauros; θησαυρός).
Las ciudades griegas se molestarán cuando Pericles traslade el dinero colectivo de la Liga desde la isla de Delos a Atenas (454 a. C.) y lo emplee en obras urbanísticas y embellecimiento de la ciudad, lo que motivó la ira del dios, que se tradujo en la derrota en la guerra del Peloponeso (403 a. C.). Los tesoros no solo conservaban joyas y monedas; también se ofrecían estatuillas de los oferentes, que eran representaciones simbólicas de ellos mismos, agradecidos con el dios; o de alguno de sus articulaciones u órganos por haber sido curados, como le tributaban a Asclepio, dios de la medicina.