El rinconcico

La operación

Montse Roche Hernández Montse Roche Hernández 5 min de lectura
La operación
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La operación

Holaaa, ya estoy de vuelta. ¿Qué tal el veranico?

Me voy a sincerar con vosotros, he estado desaparecida porque me sometí a una operación. Yes… reducción de pecho.
¡Tremenda experiencia! Una auténtica obra de ingeniería corporal. Después de cinco años en lista de espera (cinco ¡eh!, que da tiempo hasta a sacarse una carrera), por fin me llaman para empezar preparatorio e intervención. Yo creo que ese día sonaron trompetas. De verdad, pensaba que jamás llegaría esa llamada. Pero claro, cuando te dicen que la operación va en serio, la cabeza se pone en modo configuración; pensamientos positivos, negativos, y otros que ni sé de dónde salen. Y justo empiezan los coles de verano… Así que yo, una vez más, priorizo el trabajo. Mis compañeras consiguen que me despreocupe y piense en la intervención. Confío cien por cien en mi equipo (que son unos cracks), y me puse en modo: “Ahora sí, prepárate para la cirugía”.

Como no podía ser de otra manera, a mí me operan el dieciocho de Julio.
¿Qué pasa ese día?
Pues empieza las fiestas de Torres ¡cómo no!
¿Y a qué hora me toca entrar a quirófano?
Exacto, en pleno pregón. Mi vida es así, tengo un nivel de ser pringada muy alto, pero una ya está acostumbrada.
Recuerdo el día que conocí al cirujano, fui acompañada de mi cuñado. Se saludan ellos ya que se conocían anteriormente…
Yo, mientras tanto, ahí plantada… ehhhh, hola? y yo? He perdido, pero aun se me ve! pues… no… no hay saludo. Ups.
Y entonces primera pregunta para mí: "—¿Qué sabes de la operación?".
Y yo, muy digna: "—Nada".

El hombre empieza su explicación con algo que parecía la tapa de una sopera infantil, que si quitamos el pezón por aquí, o lo soltamos un poco y luego lo recolocamos, que si una intervención en T por allá… Vamos, que en mi cabeza ya dolía todo sin haber empezado. No me estaba pispando de nada, pero disimulé como nadie: cara de interés, afirmaciones con la cabeza…

El cirujano seguía hablando:
—Lo peor es el vendaje que pongo, para que no salgan hematomas.

Yo pensando: ¿Y cómo será ese vendaje, madre mía? ¿Una momificación egipcia? ¿Se podrá respirar?

Salimos de la consulta, y estaba entre nerviosa y medio desmayada. Mi cuñado no sé si se dio cuenta, pero ahí estaba, hablando por mí para pedir cita en las sucesivas pruebas médicas. Daba mi nombre, datos… Yo sólo tenía que asentir.

Llega el gran día: 18 de julio. El día que más hambre he pasado en toda mi vida. Ni en la peor dieta de moda. Desde la cena del día anterior, prohibido comer o beber. ¡Ni un triste trocito de chocolate! Organizo a los peques, Yago, con mi hermano y mi cuñada, Alejandra, con mi amiga Vero… vamos, que ellos tenían planazo de fiestas y yo planazo de quirófano. Llegamos al hospital, y la primera enfermera me suelta:

— Hay que quitar los piercings.
—¿Perdona? ¡Si nunca me los he quitado en mi vida! Aquello fue un caos nivel leyenda.

Mi marido intentando sacarlos… la oreja roja, hinchada, parecía que me había picado un enjambre entero. Entra otra enfermera, ve el drama y dice:

— Bah, tranquila, son de titanio de grado implante, puedes dejarlos.

Menos mal, porque si no, la única solución era la amputación de oreja. Mientras tanto, mi marido y su hermano ya hablaban de dónde irían a comer, que si restaurante tal, que si bocadillo cual… Y yo allí, en ayunas desde el prehistórico, pensando: qué majos son. Que solidarios con la enfermita.
Es el momento, vienen a buscarme… estoy entre nerviosa, contenta, asustada… no sé… un montón de sentimientos encontrados.
Os tengo que decir, que nunca me habían operado. Así que me imaginaba el quirófano como la serie de Chicago med.

Abajo está mi cuñado, menos mal… veo una cara conocida. Se queda conmigo hasta que viene el doctor.
Me pongo de pie, y comienza a dibujar en mi torso como si fuera una pizarra de una clase de plástica de primero de primaria; flechas, rayas, puntos… Utiliza un rotulador negro… Todo el que me conozca un poquito sabe que me dan mucha dentera los rotus. Pero, os prometo que no protesté ni una sola vez.

………..

Me desperté después de unas tres horas de operación. Recuerdo que tenía mucho frío, una lágrima, y la mano de mi cuñado que apretaba como si no hubiera un mañana.
Ya en la habitación, me veo con el vendaje. Está súper preto, cuesta respirar. Veo goteros, el oxígeno por la nariz y dos botellas como si fuera calimocho, son los drenajes. Uno a la derecha y otro a la izquierda. Recuerdo que estoy como aturdida, atontada, me duele el pecho, no puedo casi hablar (problema importante para mí), el grupo de Cuarta Pulgada tocaba en Torres. Me he quedado sin verlo… pero no pasa nada, me dormí rápido.
Me dieron una pastillita que fue magica 3,2,1… duerme.

No os voy a mentir, me voy a poner sería, los dos o tres días sucesivos son incómodos. Pero si se toma bien la medicación y haces caso a las indicaciones de tu médico no hay ningún problema, no hay dolores intensos. Bueno, igual… unos pocos, pero es que yoooo…. mmmm… el reposoooo no lo hice muy estrictamente.

Con esta operación, la estética corporal se modifica, los dolores de espalda desaparecen, llevas otro tipo de camisetas, bikinis, sujetadores…
La gente que tiene pecho, complejo de éste, dolores cervicales… me entiende a la perfección.
Es una operación dura, invasiva, las cicatrices son exageradas… pero los resultados son mejores que excelentes.
Estoy feliz, es como si tuviera una nueva vida tanto en salud, como en físico.
Yo siempre os digo q soy una pringada, pero tuve mucha suerte con el doctor Herrero que me intervino y su equipo médico.

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