¿Sabéis quién fue María de Luna?
Como siempre, las mujeres no son muy conocidas en la Historia. Así que vamos a contar un poquito la historia de la reina María.
Ella nació en 1353 y murió en Villarreal en 1406.
María fue hija de Lope de Luna, uno de los nobles de confianza del rey Pedro el Ceremonioso. En 1361, se firmo el acuerdo matrimonial por el que la condesa María de Luna y señora de Segorbe debía ser entregada a los ocho años a la reina Leonor de Sicilia, para ser educada en Palacio junto con los demás infantes de la casa de Aragón y Barcelona.
El 13 de junio de 1372 se celebró la boda entre María y Martín en la catedral de Barcelona. Tuvieron 4 hijos; Martín, Jaime, Juan y Margarita. Exceptuando al primogénito, los otros murieron prematuramente y fueron sepultados en la Cartuja de Valldecrist.
Su hijo Martín casó en 1391 con la reina de Sicilia, partiendo para dicho reino en febrero de 1392 con su padre. De esta manera, María se queda sola en los territorios peninsulares de la Corona de Aragón. Ella se ocuparía, entonces de mandar tanto dinero, como hombres armados a los territorios extranjeros donde se encontraban su marido e hijo.
A la muerte de su cuñado, al no estar Martín en territorio peninsular, ella se convierte en Reina y lugarteniente general de la Corona de Aragón
María tenía una gran inteligencia política. Era una reina que se regía por los valores humanos. Tenia un profundo sentido de la justicia y compasión hacia los más humildes. Liberó a presos condenados injustamente por proteger a judíos perseguidos, intentó solucionar la situación precaria de campesinos y defendió a mujeres y huérfanos.
Esta reina fue una gran mecenas. Se interesaba por el arte, los poetas, teólogos , médicos. Promovió la educación y apoyó conventos y hospitales. Estaba muy influenciada por el misticismo franciscano.
Dicen que un astrólogo le predijo larga vida, pero ella respondió con una sonrisa, diciendo:
“La vida larga no la mide el tiempo, sino las obras”
María murió en 1406, a los 48 años, dejando fama de santidad y sabiduría. Se enterró en el Real Monasterio de Santa María de Poblet. No fue una reina de adorno, fue una auténtica gobernante y fue muy admirada por el pueblo y diversas por casas reales y aristócratas. Muchos cronistas de la época reconocían en ella una gran inteligencia política y una virtud moral excepcional.
En un mundo dominado por hombres, gobernó con cabeza y corazón. Su memoria perdura como una de las reinas más justas y queridas de la Historia de Aragón.