El Bohío Caraqueño

Ponche

Jhonny López Jhonny López
Ponche

Para nuestros jugadores el silencio no era un vacío, sino una mezcla de frustración y fuerza de voluntad. Esa desilusión venía de la eliminación en los cuartos de final, en el Clásico Mundial de Béisbol 2023, cuando Estados Unidos los sacó del juego en el octavo inning con un gran slam demoledor de Treat Turner.
Ganaban siete a cinco, pero esa imagen (la bola volando al fondo, las bases llenas explotando) se les quedó fija como una huella indeleble en la mente, un jonrón que no podía quitarse de encima porque sabían que la victoria la tenían en los bolsillos y se les escapó por culpa de ese condenado lanzamiento que se quedó alta, en la zona de poder del bateador gringo.
Antes de que el primer envío cruzara el plato en este Clásico Mundial 2026, a la selección de Venezuela ya intentaban contarle el tercer strike fuera del diamante. El ambiente estaba de un escepticismo que se sentía en las redes y en las redacciones de los especialistas.
Los pronósticos redaban con una frialdad matemática que ignoraba la esencia del amarillo, azul y rojo. Para los analistas internacionales, éramos el equipo del “sí, pero…” Sí, teníamos a Salvador Pérez guiando desde la receptoría; sí, era nuestra la chispa de Acuña Jr. y las salpicaduras de la regadera Arráez; pero nos daban como el eterno segundo plato, frente a la rotación de ensueño de los Estados Unidos, la ejecución perfecta de Japón y el orden al bate de la República Dominicana, pero el verdadero obstáculo no fueron los vaticinios sino las oficinas.

Semanas antes del torneo la noticia cayó como un pelotazo en las costillas: varios de nuestros lanzadores clave no recibieron el permiso de sus organizaciones de la M.L.B. que si la póliza de seguros, que si el riesgo de una fatiga prematura. Cada “no” que llegaba desde los equipos de las Grandes Ligas se sentía como un intento de desarmar un rompecabezas que apenas empezábamos a armar.
Sin embargo, ahí ocurrió la Génesis. En el clubhouse de Omar López, esos permisos denegados no restaron sino que sumaron una rabia silenciosa y productiva. Los involucrados allí entendieron que no solo jugarían por ellos mismos o por los que no pudieron venir, sino por un país que no había tenido un motivo de felicidad en años.

Ese menosprecio de los expertos y la burocracia de las organizaciones se convirtió en el pegamento del equipo. Venezuela no se estaba preparando para un torneo de béisbol, se estaba blindando para una guerra de orgullo.
Todavía no se había lanzado la primera pelota, pero el equipo ya estaba en cuenta de res y dos, según la opinión de aquellos que con una lupa buscaban nuestras carencias, y en ese momento los chamos decidieron que no iban a ser ellos quienes recibieran el ponche.

El diamante en Miami no era tierra extranjera, era una embajada emocional. A medida que avanzaba el torneo, cada victoria de Venezuela se sentía como un ladrillo menos en el muro de las dificultades cotidianas. La ruta fue una síntesis de nuestra propia naturaleza. Empezamos dominando a los Países Bajos, sometimos con autoridad a Israel y Nicaragua, y aunque tropezamos ante la potencia de la República Dominicana, el equipo se levantó para sacudir al mundo eliminando a Japón y superando a la Italia de “Cervelli” en una semifinal que nos puso por primera vez en las puertas de la gloria.
Pero el verdadero pandemónium ocurrió en las gradas y en las pantallas. En el “Loan Depot Park” las fronteras entre rivales se deshicieron al son del “taquititá” del tambor.

Un ritmo que contagió a los japoneses, gringos e italianos, rindiéndose al repique de las manos sobre el cuero y la madera, bailando en los pasillos del estadio una danza que no entendía de pasaportes. Mientras tanto, en la diáspora alrededor del mundo, millones de venezolanos lloraban frente a televisores ajenos, sintiéndose por unas horas de vuelta a casa.

Pero el verdadero corazón no vino de los grandes estadios, sino de un rincón de nuestra propia tierra. Un viejito de esos que tienen la piel curtida por los años, sentado junto a su nieto, con el cuerpo preso en una parálisis, frente a un televisor de los años 70. Allí, en esa reliquia de madera y perillas se gestaba la grandeza.

Ese abuelo, celebrando cada “out” se convirtió en el prototipo del venezolano resiliente, el que puede estar “jodido”, pero conserva intacta la capacidad de ser feliz por un triunfo compartido.
Cuando cayó el último ponche frente a los Estados Unidos, el rugido fue unánime.

Se mezclaron las lágrimas con las sonrisas. Las calles se desbordaron en caravanas. No se gozaba solo por un trofeo, se celebraba que, por un instante, la esperanza no era una palabra hueca, sino una pelota blanca cruzando el plato. Venezuela era campeón y en el patio el abuelo abrazaba a su televisor viejo, porque, al fin y al cabo, la felicidad no necesita de alta definición para ser real.
Ponche, ponche, ponche …

Música:
This Will Destroy You, The Mighty Rio Grande
Llorarás, Oscar D'León
Botaste la bola, Un solo pueblo

Al finalizar la lectura del texto, Jhonny nos desvela el porqué del título, no se lo pierdan!
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