Existen ideas que desde el momento de plantearlas ya se sabe que van a acabar mal, como confiar en los bancos o cenar un kebab. Pues a Noel Marshall, productor de películas como El Exorcista, se le ocurrió una de estas. Una idea de bombero-torero, que se suele decir. Quería hacer una peli con leones, tigres, panteras o pumas… que fueran de verdad y sin domesticar.
El bueno de Marshall había viajado a África y vio una escena que lo marcó para siempre: en una reserva de Mozambique se encontró a treinta leones metidos en una cabaña abandonada. No me preguntes si el mozo se metió en el chamizo y al ver el percal dio para atrás haciendo el moon-walk a lo Michael Jackson, si lo vio de lejos o si se lo contó un mozambiqueño. Da igual, eso es lo de menos. La cosa es que se le metió entre ceja y ceja hacer una película. Y la hizo. Ya lo creo que la hizo (trailer pulsando el play de la portada).

En su favor hay que decir que por lo menos fue a ver leones y no mató ningún elefante, ni se puso como una estufa bebiendo Frangélico, ni se estozolaba cuando subía dos escalones… ¡O sí!, ¡que no lo sé! Bueno, que me liais. Total, que Noel puso dinero de su bolsillo para financiar y dirigir este filme donde un zoólogo vivía rodeado de grandes felinos en su casa de África para protegerlos de los cazadores. Incluso metió a su familia en el rodaje. Echaba a andar la película Roar.
Desde un primer momento el rodaje, que comenzó a mitad de los 70, fue un infierno. La película tuvo de todo, desde arañazos, hasta mordeduras de los animales, golpes o fracturas de huesos. Durante la grabación hubo momentos en los que tanto su hijastra (una joven Melanie Griffith) como su mujer acabaron gravemente heridas y tuvieron que ser hospitalizadas. El hijo de Marshall contó que su padre ponía en serio riesgo a los actores y a su propia familia para obtener imágenes negándose a cortar incluso cuando estos pedían ayuda.
Roar fue una de las primeras películas de Melanie Griffith y la experiencia fue tan traumática que abandonó diciendo que no quería acabar con “media cara”. Después volvió a incorporarse al rodaje con tan mala suerte que resultó atacada por un león y necesitó cirugía facial para reconstruir parte de su rostro. Por cierto, la escena en la que es atacada por el león se puede ver en la propia película. Que, oye, por qué vas a cortar si la cosa ha salido perfecta en cámara.
John Marshall, el hijo de Noel, tampoco acabó entero del todo porque también podemos achacar a la mala fortuna que un león le mordió la cabeza y se negó a soltarlo. Pero tranquilos, que con la ayuda de seis hombres y después de 25 minutos venga y dale consiguieron que el bicho le soltara dejándole una herida a la que le tuvieron que dar 56 puntos de sutura como 56 soles. Eh, pero que eso no le impidió volver al rodaje. “Fue un bocado muy traumático. Pero volví dos días después”, dijo después el hombre que se le debió de quedar la cabeza como la cremallera de un monedero de vieja.

Noel Marshall tampoco salió ileso de la grabación. El hombre terminó con tantas mordidas (algunas filmadas, otras no) que desarrolló gangrena. El director tuvo que ser hospitalizado durante seis meses por eso y por las múltiples lesiones en las piernas que sufrió después de que un león lo arrastrara por el set de grabación. Tardó años en recuperarse del todo. Me lo imagino cuando lo subieron a planta antes de volver al rodaje diciendo “hala a ver que ahora seguro que se han cansado de morder”.
En 1981 se terminó de grabar (empezaron en los 70) y… no se pudo estrenar porque ningún estudio quiso comprarla. Tuvieron que pasar 34 años hasta que un distribuidor pequeño en Estados Unidos le dio salida en algunos cines en el año 2015. Dicha versión incluía un aviso en la cinta en el que se podía leer lo siguiente: “Ningún animal resultó herido durante la realización de esta película. 70 miembros del elenco y del equipo sí”.
Cuando era pequeño, con cinco o seis años, jugaba al fútbol sala con chicos más mayores que yo y se me bautizó con el apodo de “El Tigre”. Desconozco el origen, aunque podría ser por mi fuerza y velocidad dentro del campo (nunca las he tenido), por mi agresividad con la pelota (jamás ha salido de mí) o porque simplemente hacía gracia ver jugar a un crío que no levantaba dos palmos del suelo y al que su madre le tenía que decir al principio de los partidos en qué portería tenía que meter gol porque no se aclaraba del todo.
Y es que al final le tenemos que dar la razón a Torrebruno con eso de…