Lana de Voz

Andar con la cabeza

Enrique Pérez Arco Enrique Pérez Arco
Andar con la cabeza

Es la voz de Carlos Javier González Serrano. Me gustó este atrevido comienzo de su programa A la luz del pensar, en RNE. Toca el lenguaje, desafía su mecanismo de control. Tiro así del hilo rojo del discernimiento, esa manera de emerger cada ser y cada cosa en busca de su individualidad. El lenguaje podría facilitar la búsqueda. Pero el vacío interior que se abre incomoda. Cuando el silencio es sentido como estupefacción, es que ya estamos invadidos, aplastados por lo excesivo.

Como Leolo, en aquella película de Jean-Claude Lauzon. Como en La pianista, …la dura película de Michael Haneke. Una fuerza biológica nos atrapa entre el hambre y los excrementos: algo terrestre y ciego invade y obstruye el manantial que ha brotado encima de las manos rosa. Un nudo de voracidad y control cruel paraliza el impulso hacia la libertad de este ser humano que avanza por el siglo XXI con el rosa de sus manos agujereado.

«Aquí se rinde homenaje a la majestad de lo absurdo que testimonia la presencia de lo humano».
[…]
Tal vez -sólo pregunto-, tal vez la poesía, como el arte, se dirige, con un yo olvidado de sí mismo, hacia aquello insólito y extraño en busca de su libertad… Pero ¿dónde?, ¿en qué lugar?, ¿con qué?, ¿y en calidad de qué
?

Quien habla es Paul Celan. No hay respuesta. No es posible salir de la distancia que abren las preguntas… Celan está pronunciando el famoso discurso que lleva por título El Meridiano. En él se cita a Lenz, que fue un personaje real, un poeta extraviado de quien Buchner escribió una novela sobre su vida. Celan en El Meridiano cita el final de la novela y el final de esa vida. Dice…

«…pero había en él un vacío atroz, ya no sentía ni angustia ni anhelo; su existencia le era una inevitable carga. Así transcurrió su vida.»

No es posible salir de la distancia que abren las preguntas.

La pianista… enredada en comportamientos sádicos y crueles, víctima y culpable… su existencia le era una inevitable carga; convertida en objeto para la madre… así transcurrió su vida. Leolo… finalmente despojado, su existencia hundida en la catatonia,  convertido en objeto para la institución psiquiátrica… esa guardiana de las naciones puras… Leolo no pudo sostener la palabra ni los sueños, así transcurrió su vida.  Lenz… el poeta, que hablaba del arte completamente imbuido, olvidado de sí mismo, sufrió también de esquizofrenia y murió tirado en una calle de Moscú…  así transcurrió su vida. 

¿Dónde la libertad de este individuo que, incapaz de amar, se entrega como objeto, como la pianista, a una madre controladora y posesiva… al posesivo desarrollo histórico del capital, del beneficio conseguido con crueldad sádica, ya tan al descubierto en nuestros días? 

¿Dónde… este sujeto estupefacto frente al silencio… dónde encontrará su interioridad?

Entregado… caído compañero en un viejo café… te cayó encima la tormenta del lenguaje. Cada suceso histórico o biográfico está saturado de argumentos y de expectativas hilvanadas con exuberante corrección gramatical, erudita, fría y cruel. Se busca una explicación para todo, para todo el silencio, para toda la distancia… para todo queremos una explicación que finalmente nunca existe.

Pero tú… caído compañero en un viejo café… tú escuchas… escuchas hasta que se ilumina por completo el vacío que nos deja el hambre… sostenida, soportada, bebida como distancia abierta encima de tus manos rosa.

«¿Encontraremos acaso ahora el lugar donde estaba lo extraño, el lugar donde la persona podía liberarse como un -extrañado- yo? ¿Encontraremos tal lugar, tal paso?»

«…le desagradaba a veces no poder andar con la cabeza». Ese es Lenz. Ése es, creo, él y su paso […]
El que anda con la cabeza, señoras y señores, el que anda con la cabeza tiene el cielo como abismo bajo sus pies.
»

La libertad… es una dirección invertida, un cambio de aliento. Una pausa de la respiración, un rumbo que se ofrece… y desiste de ser algo distinto a un simple trazo; abre el puño crispado… y entrega el vacío del hambre, la inapelable soledad…

El poema está solo. Está solo y de camino. El que lo escribe queda entregado a él. ¿Y no está el poema precisamente por eso, es decir, ya aquí, en el encuentro, en el secreto del encuentro?

El poema quiere ir hacia algo Otro, necesita ese Otro, necesita un interlocutor. Se lo busca, se lo asigna.
Cada cosa, cada hombre es para el poema que mantiene el rumbo hacia ese Otro una forma de ese Otro.
La atención que el poema intenta dedicar a todo lo que viene a su encuentro, su agudo sentido para el detalle, para el perfil, para la estructura, para el color, pero también para «las convulsiones» y las «insinuaciones», esto no es, creo, ninguna conquista […] de aparatos cada día más perfectos, es más bien una concentración que recuerda siempre todas nuestras fechas.

Permítanme que cite aquí una frase de Malebranche extraída del ensayo sobre Kafka de Walter Benjamín:
«La atención es la oración natural del alma».

He rodado en cien palabras
casi hierba
y ahora este hacer las cosas
y los días
va siendo poco a poco grosor
sin peso en las manos
llenas de enseres y ternuras.
” *

«El poema muestra, es imposible no reconocerlo, una gran tendencia a enmudecer.» […]

«…una pregunta «que queda abierta», «que no llega nunca a su fin», que apunta hacia un espacio abierto, vacío y libre…»

…nunca una conquista, el lugar es un rumbo… esa distancia…

«un lugar sin ir a ningún lugar,
sin nada nuestro a manos llenas…»*

…caído compañero en un viejo café… recuerdas, recuerdas a Tom Waits… Nunca pudiste soñar antes de tener que irte. Vuelvo, volved, amigos, alguno de estos días al color rojo… les dejo aquí el enlace.

*Del libro Lana de voz.

Enlace al programa A la luz del pensar citado

Agradezco muy especialmente esta preciosa colaboración de Guillermo, capitán a la vez que grumete, en esta gaRceta poema, en rumbo hacia algo Otro.
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