La mirada en la gravedad se detiene.
Un instante. Solo.
Es hambre conducida.
Medio lugar sin caer.
Entre las hierbas altas
el acecho
desprendido. Sin voracidad.
Sin plusvalía.
La entrega o el desborde es interior.
Es falso. Es un hacia fuera
de un sí mismo que nunca va a existir.
Camina cabeza abajo, sostenido
por todo el abismo del cielo.
El asunto de una inmortalidad pretendida, pretenciosa y tal vez secretamente soñada atraviesa, más que nuestro tiempo, a ciertos líderes de cartón piedra. Quizás marionetas. Acaso algo o mucho tienen de autómatas. Pero el miedo a un futuro dudoso sí que atraviesa de manera real nuestras sociedades.
Situarse en medio de este dilema requiere revolcar las palabras, y por lo tanto, pide un poema que se exponga cabeza abajo a todo el abismo del cielo.
Empezaba Jean Baudrillard su ensayo La ilusión vital con este tema de la inmortalidad, o clonación, tan del gusto de nuestro tiempo, y hace referencia a las bacterias. Porque gozan las bacterias de una especie de inmortalidad biológica. Se dividen o clonan o se copian en vidas idénticas a sí mismas. Se trata de un mecanismo que, si se dieran las circunstancias ideales, podría ser eternamente repetido. Las bacterias representaron el comienzo de la vida en la tierra. Y perviven sueños de este tipo hoy día. Parece que algunos pretenden regresar al mecanismo de la clonación, de la copia, abandonando el trayecto evolutivo, la transformación ascendente.
Justamente la vida para poder transformarse a sí misma en milenarios procesos creativos, tuvo que sacrificar aquella inmortalidad de las bacterias. La multiplicación sexuada por la cual dos organismos dieron lugar a otro organismo diferente, peculiar, irrepetible, que nunca es copia, ese proceso sexuado que nos alejó de las bacterias y nos ha traído hasta aquí, hasta una determinada complejidad de la conciencia, llevaba consigo un precio: el de la muerte. Lo analiza Jean Baudrillard en el ensayo aludido antes, pero yo me desviaré de ese análisis.

Mientras escribo tengo enfrente el arabesco de una fragilidad luminosa. El vuelo de las abejas albañiles revoloteando en torno a los narcisos del breve jardín de enfrente. Ellas en sí mismas son el ejemplo de todo esto que vengo a decir. Las albañiles son una especie de abejas solitarias. Salen en primavera. Los machos primero. Cuando luego salen las hembras y consiguen aparearse, los machos mueren. Las hembras entonces buscan pequeños agujeros en los troncos o en los muros, donde hacen su nido de manera individual. Depositan allí unos cuantos huevos separados y protegidos cada uno por una pequeña celda hecha con barro. Por eso se llaman albañiles. Al fondo, colocan unos cuantos huevos que van a ser hembras. Pueden seleccionar el sexo. Delante colocan los que serán machos, y por lo tanto saldrán primero. Luego se dedican a acumular néctar y polen de las flores como alimento, que depositan allí también en cada celda para las futuras crías. Finalmente sellan el hueco, ellas se quedan fuera y al igual que anteriormente los machos, las hembras también mueren. Nunca conocerán su descendencia. Entre tanto, su trajinar por el hilo continuo de vida, exterior a ellas mismas, su entrega, su hambre conducida, su desborde interior, ha permitido polinizar numerosas flores y plantas. Han vivido brevemente hacia el fuera de un sí mismo que nunca va a existir. Esa ha sido su contribución, sin voracidad, sin plusvalía, a la vida evolutiva, ascendente. Volaron cabeza abajo sostenidas por todo el abismo del cielo.
El arabesco luminoso. La fragilidad. La belleza. El fugaz trazo del vuelo. Aquel texto del color amarillo comenzaba con una cita de Simone Weil sobre la belleza. Dejaré el enlace al final, pero quiero recordar que esa cita pertenece al libro La gravedad y la gracia. La tensión entre las dos direcciones contrapuestas: el vuelo o la gracia, y la caída o la gravedad, formaba parte del pensamiento tan actual de Simone Weil, y es también el nudo que merece la pena desenredar en nuestro tiempo.
Es hambre conducida.
Medio lugar sin caer.
Entre las hierbas altas,
el acecho
desprendido. Sin voracidad.
Buchner en su obra Lenz escribe algo hermosísimo que deja claro lo que bulle en este color amarillo al que hoy les propongo regresar. Regresar al desprendimiento de un sí mismo que nunca va a existir, a eso que parece la belleza, la gracia, conducida por el hambre, la gravedad.
Dice así:
Ayer, cuando subía por el valle, vi a dos muchachas sentadas en una peña, una de ellas estaba recogiéndose el cabello, la otra la ayudaba y la dorada cabellera caía y un rostro serio y pálido, y sin embargo tan joven, y el vestido negro, y la otra tan solícita y diligente. […] Uno quisiera ser a veces la cabeza de Medusa para transformar en piedra un grupo así y llamar a las gentes .
[…]
Pero a continuación el Lenz de Buchner reflexiona sobre la imposibilidad de retener. Reflexiona sobre el desprendimiento que supone la belleza, ese salir del sí mismo, ese despliegue exterior al sí mismo que es la condición de lo bello:
Solo una cosa permanece, una belleza infinita que pasa de una forma a otra eternamente desplegada, cambiante, pero ciertamente no se la puede retener siempre y exhibirla en museos y ponerla en música, y luego llamar a viejos y jóvenes y hacer que niños y ancianos se deleiten y charlen sobre ella. Hay que amar la humanidad para penetrar en el ser propio de cada uno, a nadie debemos tener por demasiado humilde, por demasiado feo, solo entonces podremos comprenderlos; el rostro más insignificante causa una impresión más profunda que la simple sensación de lo bello, y se puede hacer salir a las formas de sí mismas sin introducir en ellas nada copiado del exterior, donde no se siente vibrar ni palpitar ninguna vida, ningún músculo, ningún pulso.

Enlace al texto «Color Amarillo», por si les apetece recordar.